La polémica de la Casita de Bad Bunny ha desatado un debate fascinante sobre autenticidad y contradicciones en la era del capitalismo musical. Si consideramos una victoria heroica del pueblo que finalmente personas con diversidad corporal, edad avanzada, discapacidades o simplemente aquellos puertorriqueños humildes que supuestamente representa Benito puedan acceder a este espacio exclusivo, quizás deberíamos celebrar que tenemos tiempo suficiente para ocuparnos de reivindicaciones tan aparentemente menores.
El dilema de la coherencia perfecta
Vivimos tiempos extraños. La semana pasada se abusó de la palabra «contradicción» hasta la saciedad, todo porque unas mujeres consideradas poco normativas fueron finalmente admitidas en el famoso espacio. Lo que realmente se deduce de tanto debate autojustificativo es nuestra necesidad desesperada de ahormar la realidad para que no nos pille en un renuncio, especialmente cuando situamos la pureza en un listón tan inalcanzable.
Imaginemos por un momento que un rockero septuagenario hubiera utilizado ojeadores para seleccionar jovencitas entre el público. Le habría caído una buena, y con razón: polla vieja, viejuno, señoro. Sin embargo, resulta fascinante observar cómo quienes habitualmente se apresuran a señalar comportamientos incorrectos apelaron esta vez al sagrado derecho al goce, citando la consabida frase de Emma Goldman que aparentemente nunca pronunció: «si no puedo bailar no es mi revolución».
El capitalismo que devora discursos
Exigir coherencia inmaculada es irreal. Benito Antonio, como tantos artistas contemporáneos que envuelven su trabajo en causas nobles—feminismo, espiritualidad, identidad—y que ganan dinero y fama a espuertas de la noche a la mañana, acaba inevitablemente arrollado por un capitalismo voraz que engulle cualquier discurso y lo regurgita convertido en merchandising.
No pretendo sugerir que para mantener la autenticidad sea necesario permanecer en la pobreza, porque cualquier persona desarrolla mejor su trabajo cuando vive con cierta holgura económica. Pero cuando se sobrepasan determinados límites de fama y privilegio, resulta tremendamente difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo, por la tentación de convertir cada gesto en espectáculo y cada postura en producto comercializable.

