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Akira Kurosawa se cortó las venas en una bañera el 22 de diciembre de 1971. Tenía sesenta y un años y la industria japonesa lo consideraba un estorbo caro tras el hundimiento en taquilla de Dodes’ka-den. Sobrevivió de milagro a las treinta incisiones que se hizo en el cuello y las muñecas.
Aquella crisis no fue un arranque de divo. Fue el resultado de ver cómo su mundo (el de los grandes estudios y el rodaje artesanal) se desmoronaba frente a la televisión y los presupuestos recortados.
Antes de ser el emperador fue un pintor frustrado. Su hermano Heigo, que se ganaba la vida como narrador de cine mudo, fue quien le obligó a mirar la realidad de frente en las ruinas del terremoto de Kanto de 1923.
Aquel paseo entre cadáveres fijó su gramática visual para siempre.
En 1943 debutó con La leyenda del gran Judo. Pero su verdadero despegue internacional ocurrió cuando un distribuidor italiano envió Rashomon al Festival de Venecia en 1951 sin que el propio Kurosawa lo supiera.
Y la apuesta funcionó.
El éxito en Europa cambió las reglas del juego. Kurosawa empezó a exigir presupuestos que asustaban a los productores de la Toho porque su técnica era agotadora para los financieros.
Usaba tres cámaras simultáneas para no cortar el flujo de los actores. Exigía que el montaje se hiciera cada noche tras la jornada de rodaje para tener la película lista apenas unos días después de grabar la última escena.
Toshiro Mifune fue su herramienta principal durante dieciséis películas. El actor aportaba una energía animal que contrastaba con la obsesión por el orden absoluto del director.
Pero la relación se rompió tras Barbarroja en 1965.
El rodaje duró dos años y Mifune se vio obligado a mantener una barba real que le impidió aceptar otros trabajos. Aquello le llevó casi a la ruina financiera y los dos hombres nunca volvieron a hablarse en un set.
Durante los años setenta el cineasta tuvo que buscar dinero fuera de sus fronteras. La Unión Soviética financió Dersu Uzala en 1975, una obra grabada en las condiciones extremas de Siberia que le devolvió el prestigio internacional.
Porque el cine para él era una cuestión de resistencia física.
Años más tarde fueron George Lucas y Francis Ford Coppola quienes produjeron Kagemusha en 1980 para salvar a su maestro de la inactividad. Gracias a ese apoyo pudo rodar después Ran en 1985, su versión definitiva de King Lear.
Invirtió 12 millones de dólares en una producción que incluía la construcción de un castillo real para luego quemarlo hasta los cimientos en una sola toma.
En sus últimos años se refugió en historias más pequeñas y personales. En 1990 estrenó Sueños, producida por Steven Spielberg, donde transformó sus propias visiones nocturnas en fragmentos de cine puro sin estructura narrativa tradicional.
Murió el 6 de septiembre de 1998 debido a un derrame cerebral en su casa de Setagaya, en Tokio.
Dejó un guion inacabado titulado Después de la lluvia que su colaborador Takashi Koizumi rodó finalmente en 1999. El archivo personal del director contenía más de dos mil bocetos pintados a mano que servían como guion gráfico para sus producciones.
Cosas que posiblemente no sabías de Akira Kurosawa




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