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Alec McCowen nunca necesitó gritar para dominar el encuadre. Le bastaba con una mirada de soslayo o un ajuste casi imperceptible en el nudo de su corbata para que el espectador supiera quién mandaba en la escena.
Aquel actor nacido en Tunbridge Wells entendía el silencio como una herramienta de trabajo. Estudió en la Royal Academy of Dramatic Art y pronto entendió que su lugar estaba en los márgenes del protagonismo absoluto. Su rostro proyectaba una agudeza mental que a menudo incomodaba a los directores de casting obsesionados con la mandíbula cuadrada de los años cincuenta.
La precisión era su única religión.
En 1958 participó en A Night to Remember y dejó claro que su estilo no admitía adornos innecesarios. Pero fue en la década de los setenta cuando su nombre empezó a sonar en los despachos más influyentes de la industria cinematográfica y teatral.
Alfred Hitchcock lo llamó para Frenzy en 1972. McCowen interpretó al inspector Oxford con una mezcla de flema británica y resignación doméstica que terminó por eclipsar a los asesinos de la trama principal.
Aquellas secuencias donde su mujer le servía platos de alta cocina incomestibles mientras él intentaba resolver crímenes atroces funcionan como un reloj suizo. McCowen no se limitaba a la comedia física. Y es que su capacidad para sostener la tensión sin mover un músculo facial lo hacía peligroso en pantalla.
Ese mismo año protagonizó Travels with My Aunt bajo las órdenes de George Cukor. Por aquel trabajo recibió una nominación al Globo de Oro que terminó de situarlo en las agendas de las grandes producciones internacionales.
Y la apuesta funcionó.
Pero McCowen no era un hombre de Hollywood. Prefería el aire viciado de los camerinos del West End y la disciplina del texto clásico. En 1967 ya había asombrado al mundo con Hadrian VII donde interpretaba a un Papa ficticio con una vulnerabilidad que rozaba lo insoportable.
Representó aquella obra más de 500 veces en diferentes escenarios del mundo. Sin embargo su mayor desafío llegó con St. Mark’s Gospel en 1978. McCowen se plantaba solo en el escenario, sin decorados ni artificios, para recitar el evangelio completo de memoria durante dos horas.
Parecía una locura comercial. Y sin embargo llenó teatros en Londres y Broadway porque su voz tenía la textura del cuero viejo. Porque sabía que la palabra bien dicha no necesita altavoces.
Rechazó papeles en superproducciones porque prefería la rutina de los ensayos diarios. Así que su filmografía es corta pero carece de rellenos innecesarios por motivos económicos. En 1983 participó en la película de James Bond Never Say Never Again interpretando a Q (Algernon) aportando un toque de humor seco que contrastaba con la acción de la cinta.
En 2002 apareció en Gangs of New York de Martin Scorsese interpretando al reverendo Raleigh. Fue una de sus últimas apariciones cinematográficas de peso antes de alejarse de los focos de manera definitiva para disfrutar de su retiro en Londres.
Alec McCowen murió en su casa el 6 de febrero de 2017 a los 91 años.
Cosas que posiblemente no sabías de Alec McCowen




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