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Anthony Hopkins lee cada guion más de doscientas veces hasta que las palabras dejan de tener sentido y solo queda la música del texto. No busca la emoción sino la precisión técnica de un relojero que sabe dónde va cada pieza para que el mecanismo funcione.
Hijo de un panadero en Port Talbot, el joven Anthony prefería el piano a los libros de texto porque el silencio de las teclas le resultaba más comprensible que las matemáticas. Su dislexia definió aquellos años de formación en Gales donde se sentía un extraño entre sus compañeros de clase.
Y entonces apareció Richard Burton.
El encuentro con su compatriota le empujó a matricularse en el College of Music and Drama de Cardiff. Tras cumplir el servicio militar en 1958 se trasladó a Londres para estudiar en la Royal Academy of Dramatic Art con la intención de alejarse de su origen humilde.
En 1965 Laurence Olivier lo fichó para el National Theatre tras verlo actuar en una audición que el propio Hopkins recuerda como un trámite cargado de nervios. Pero el escenario londinense le provocaba una claustrofobia creativa que terminó por explotar antes de tiempo.
Su debut en el cine con El león en invierno en 1968 le permitió compartir plano con Katharine Hepburn y Peter O’Toole. Fue el primer aviso de que su presencia física podía llenar la pantalla sin necesidad de grandes aspavientos ni gritos innecesarios.
Pasó años rodando producciones menores en Estados Unidos mientras luchaba contra su adicción al alcohol. En 1975 decidió dejar la bebida de forma definitiva y su carrera tomó un rumbo distinto basado en la disciplina absoluta. Porque la actuación para él no es un sentimiento sino un oficio mecánico.
Solo necesitó dieciséis minutos de metraje.
Su interpretación de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos durante 1991 le valió el Oscar al mejor actor protagonista. Consiguió la estatuilla con una de las apariciones más breves de la historia de los premios gracias a esa mirada fija que nunca parpadeaba frente a la cámara.
Y la apuesta funcionó.
Aquel éxito tardío le permitió elegir proyectos con una libertad que pocos actores alcanzan pasados los cincuenta años. Trabajó con James Ivory en Lo que queda del día en 1993 y se puso bajo las órdenes de Oliver Stone para Nixon en 1995 donde interpretó al presidente con una contención gélida.
Muchos actores se retiran al cumplir los setenta pero Hopkins decidió acelerar el ritmo de trabajo para evitar el estancamiento mental. En 2020 protagonizó El padre bajo la dirección de Florian Zeller para realizar una disección cruda de la demencia senil desde dentro.
Aquella interpretación le otorgó su segundo Oscar en 2021. Aquel premio lo situó como el ganador de mayor edad en la categoría de actor principal con 83 años cumplidos. No estuvo presente en la gala porque prefirió quedarse en su casa de Gales durmiendo mientras el mundo esperaba su discurso por videollamada.
Nunca mira a los ojos de sus compañeros en los ensayos.
En 2023 interpretó al filántropo Nicholas Winton en la cinta Los niños de Winton y en 2024 rodó la serie sobre el imperio romano Those About to Die. Sigue subiendo vídeos a sus redes sociales donde baila o cocina en su casa de Malibú como una forma de mantener viva la espontaneidad frente al público.
Renunció a su ciudadanía británica en el año 2000 al obtener la nacionalidad estadounidense en una ceremonia privada en Los Ángeles.
Cosas que posiblemente no sabías de Anthony Hopkins




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