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Arthur Kennedy acumuló cinco nominaciones al Oscar en una sola década y no ganó ninguna. Este dato define a la perfección su paso por la industria del cine estadounidense. Fue el rostro imprescindible de los años cincuenta pero siempre desde una posición de apoyo que terminaba devorando a los protagonistas.
James Stewart solía decir que Kennedy era el mejor compañero que se podía tener en un set de rodaje. En Horizontes lejanos y La fuerza del destino demostró que podía ser el villano más rastrero o el amigo más leal con solo mover un músculo de la cara. Tenía una mirada cargada de una ambigüedad que incomodaba a los galanes de la época.
Nació en Nueva York en 1914 y se formó en el teatro antes de que Hollywood llamara a su puerta. Su encuentro con el dramaturgo Arthur Miller fue el motor de su prestigio inicial. Kennedy fue el primer Biff Loman en el estreno de Muerte de un viajante en Broadway y aquel éxito le dio el pase directo a los grandes estudios.
Y la industria lo recibió con los brazos abiertos.
En 1949 obtuvo su primera candidatura por El ídolo de barro donde interpretaba al hermano de Kirk Douglas. El público conectó de inmediato con su capacidad para encarnar al hombre corriente que sufre en silencio. Pero Kennedy no quería ser el héroe de la función porque prefería los matices grises de los personajes secundarios.
A mediados de los años sesenta el sistema de estudios empezó a desmoronarse y Kennedy buscó refugio en producciones internacionales. Participó en Lawrence de Arabia en 1962 dando vida al periodista Jackson Bentley. Aquel papel le permitió trabajar en una escala técnica que nunca había experimentado en sus dramas psicológicos anteriores.
Pero el declive de los guiones de calidad en California lo empujó definitivamente hacia Europa. Rodó más de una decena de películas en Italia y España durante los años setenta. Muchas de estas cintas eran producciones de serie B que hoy solo recuerdan los coleccionistas de cine de género más extremo.
El dinero mandaba sobre el prestigio.
En 1974 aceptó un papel en la película de terror No profanar el sueño de los muertos dirigida por el español Jorge Grau. Kennedy interpretaba a un inspector de policía escéptico y autoritario en un ambiente rural inglés recreado entre Madrid y Manchester. Fue una de sus incursiones más curiosas en el cine de culto europeo.
La salud de Kennedy empezó a resentirse debido a problemas de visión que le dificultaban leer los libretos con fluidez. Así que decidió espaciar sus apariciones y ser mucho más selectivo con los rodajes que aceptaba fuera de Estados Unidos. En 1989 rodó su último largometraje titulado Signs of Life bajo la dirección de Robert Bierman.
Nunca se quejó públicamente de su falta de premios importantes a pesar de ser una de las figuras más respetadas por sus compañeros de profesión. Para él actuar era un oficio técnico que requería precisión y poco sentimentalismo fuera de las cámaras. Se retiró a su casa de Connecticut para alejarse del ruido mediático que nunca terminó de entender.
Murió en 1990 en un hospital de Branford a causa de un tumor cerebral. Tenía 76 años y dejó una filmografía que supera los noventa títulos entre cine y televisión.
Cosas que posiblemente no sabías de Arthur Kennedy




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