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Barret Oliver tenía diez años cuando se sentó en aquel desván de decorado para leer un libro prohibido. En 1984 el estreno de La historia interminable lo puso en el centro de la industria mundial. Wolfgang Petersen buscaba un niño que no pareciera un actor de anuncio y encontró en él una mirada cargada de melancolía real.
La producción costó unos 27 millones de dólares de la época. Fue un rodaje complejo en los estudios Bavaria de Múnich donde el crío tuvo que interactuar con criaturas mecánicas pesadas y fondos azules que todavía no eran digitales.
Y la apuesta funcionó.
Pero el éxito no lo detuvo en el género fantástico. Ese mismo año trabajó a las órdenes de un joven Tim Burton en el cortometraje Frankenweenie. Allí interpretó a Victor Frankenstein en una versión suburbana que ya apuntaba a la estética gótica del director. Pero su gran reconocimiento técnico llegó en 1985 con D.A.R.Y.L., una cinta de ciencia ficción donde encarnaba a un niño robot.
Aquel papel le valió un Premio Saturn al mejor actor joven.
Muchos esperaban que Oliver siguiera la senda de las grandes estrellas juveniles de los ochenta. En 1985 participó en Cocoon bajo la dirección de Ron Howard y repitió en la secuela de 1988. Eran años de contratos encadenados y alfombras rojas pero el joven actor sentía una desconexión creciente con el sistema de estudios de Hollywood.
En 1989 rodó su último largometraje titulado Escenas de la lucha de sexos en Beverly Hills. Tenía apenas dieciséis años. Decidió que su etapa frente a la cámara había terminado para siempre. No hubo escándalos públicos ni problemas con la justicia como ocurrió con otros compañeros de generación.
Simplemente se marchó.
Su interés se desplazó hacia la tecnología visual pero desde el otro lado del objetivo. Se alejó de los focos para estudiar fotografía y sumergirse en procesos químicos que la industria ya había olvidado por completo. Así que cambió los guiones por manuales de óptica del siglo XIX.
La segunda vida de Barret Oliver es mucho más profunda que la primera. Se especializó en el colodión húmedo y en la Woodburytipia, un proceso de impresión fotomecánica antiguo. Su obsesión por recuperar estas técnicas manuales le permitió hacerse un nombre respetado en el mundo académico y artístico de Los Ángeles.
No hubo vuelta atrás.
En 2003 su destreza técnica fue requerida para la película Cold Mountain. No actuó en ella. Se encargó de realizar las fotografías que aparecen en la cinta utilizando los métodos exactos de la época de la Guerra de Secesión americana.
En 2007 publicó el libro A History of the Woodburytype. Es una obra técnica de referencia para historiadores del arte y especialistas en imagen analógica. El volumen detalla el proceso inventado por Walter B. Woodbury y analiza por qué esta tecnología desapareció a pesar de su calidad superior. Oliver sigue trabajando en su estudio de Silver Lake procesando placas de metal y vidrio con nitrato de plata.
Cosas que posiblemente no sabías de Barret Oliver




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