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Brad Davis entró en el despacho de Alan Parker con la mirada de quien no tiene nada que perder. Corría el año 1977 y el director buscaba a un desconocido para protagonizar Midnight Express. Davis no solo consiguió el papel sino que se dejó la piel en aquel rodaje en Malta.
Aquel éxito fue una trampa.
La película costó 2,4 millones de dólares y recaudó cincuenta veces esa cifra en todo el mundo. Pero la intensidad que Davis proyectó en la pantalla asustó a los productores de Los Ángeles. Creían que el actor estaba realmente loco o que su consumo de drogas lo hacía incontrolable en un set de rodaje.
En 1978 recibió el Globo de Oro a la mejor nueva estrella del año. Sin embargo los grandes estudios no llamaron a su puerta con contratos millonarios. Preferían perfiles más dóciles y menos viscerales que aquel chico de Florida que parecía capaz de morder a la cámara.
Davis decidió alejarse de la norma y buscó refugio en proyectos que otros actores habrían rechazado por miedo a arruinar su imagen. En 1982 aceptó trabajar con Rainer Werner Fassbinder en Querelle. Fue un rodaje asfixiante y cargado de simbolismo sexual que terminó de hundir sus opciones en el cine comercial estadounidense.
Nadie sabía qué hacer con él.
La cinta fue un fracaso comercial absoluto en su estreno y la crítica la despedazó sin piedad. Davis interpretaba a un marinero en un entorno onírico y violento que desafiaba cualquier convención de la época. Aquella decisión creativa lo alejó definitivamente de las listas de casting para superproducciones de acción.
Y la apuesta funcionó a nivel artístico. Con el paso de las décadas esa película se convirtió en una pieza de estudio en las escuelas de cine de Europa. Pero en la realidad inmediata de los ochenta el actor tuvo que conformarse con papeles secundarios en televisión y obras de teatro de bajo presupuesto.
En 1985 la vida de Davis cambió fuera de los focos cuando recibió un diagnóstico de VIH positivo. Guardó el secreto durante seis años por miedo a no volver a pisar un plató de cine. En aquel tiempo la industria de Hollywood eliminaba de sus nóminas a cualquier persona vinculada a la enfermedad.
Siguió trabajando en silencio.
Participó en producciones como Rosalie Goes Shopping en 1989 y aceptó trabajos en telefilmes para pagar las facturas médicas. Su aspecto físico empezó a deteriorarse pero él lo achacaba al estrés o a la preparación de sus personajes. Solo su círculo más íntimo conocía la batalla que libraba cada mañana antes de que gritaran acción.
Davis murió el 8 de septiembre de 1991 en su casa de Los Ángeles tras una sobredosis asistida. Su último trabajo acreditado fue la película para televisión The Habitation of Dragons estrenada en 1992. Dejó una nota escrita donde denunciaba que en la industria del cine si estabas enfermo simplemente dejabas de existir para los contratos.
Cosas que posiblemente no sabías de Brad Davis




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