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Bradley Cooper subía maletas en el hotel Morgans de Nueva York mientras James Lipton le daba lecciones en el Actors Studio. No era un figurante con suerte ni el hijo de un productor influyente. Era un chico de Filadelfia que en 1999 apenas rascó unos segundos de pantalla en Sex and the City.
Su físico le condenaba a papeles secundarios de novio insoportable o mejor amigo del protagonista. En 2005 participó en Wedding Crashers y el público se quedó con su cara, pero no por los motivos adecuados. Parecía destinado a ser un rostro más en la trituradora de comedias románticas de usar y tirar.
En 2009 llegó The Hangover. La película costó 35 millones de dólares y terminó recaudando más de 467 millones en todo el mundo. Aquello le dio el dinero y la visibilidad necesaria para dejar de aceptar cualquier guion que cayera sobre su mesa. Pero el éxito comercial suele ser una cárcel de oro para quienes buscan el respeto de la crítica.
El tipo guapo quería ser, sobre todo, un tipo serio.
Así que decidió cambiar de estrategia y buscar directores que le exigieran algo más que una sonrisa blanca. En 2011 protagonizó Limitless y empezó a ejercer como productor ejecutivo. No quería ser solo el tipo que se pone delante de la cámara, quería controlar los engranajes de la industria.
La alianza con el director David O. Russell en 2012 fue el punto de inflexión real. Silver Linings Playbook le permitió interpretar a un hombre con trastorno bipolar y el resultado fue su primera nominación al Óscar. De repente los críticos que le ignoraban empezaron a escribir sobre su capacidad para transmitir vulnerabilidad.
Y la apuesta funcionó.
Repitió con Russell en 2013 con American Hustle donde se puso rulos y dejó de lado cualquier rastro de vanidad. Pero fue en 2014 cuando demostró que podía cargar con el peso de una superproducción compleja. Para American Sniper tuvo que ganar 20 kilos de masa muscular y pasar meses entrenando con francotiradores reales.
La película dirigida por Clint Eastwood se convirtió en un fenómeno cultural en Estados Unidos. Cooper consiguió otra nominación como actor y también como productor. Ya no era solo una estrella de cine, era un hombre con poder en los despachos de Warner Bros.
En 2018 decidió que ya no quería esperar a que otros le llamaran para los mejores proyectos. Se puso tras la cámara para dirigir una nueva versión de A Star Is Born. Muchos en Hollywood pensaron que era un error volver a contar una historia que ya se había adaptado tres veces antes.
Cooper pasó tres años preparando el rodaje y aprendiendo a cantar y tocar la guitarra. Se negó a usar playback y obligó a Lady Gaga a actuar sin maquillaje. La película fue un éxito rotundo de taquilla con 436 millones de dólares de recaudación y le valió tres nominaciones personales a los premios de la Academia.
Su obsesión por el detalle técnico se volvió casi legendaria en el sector. Para su siguiente proyecto como director pasó seis años investigando la vida de Leonard Bernstein. En 2023 estrenó Maestro tras recibir el visto bueno de Steven Spielberg y Martin Scorsese, que inicialmente iban a dirigir la cinta.
La producción de Maestro en Netflix requirió sesiones de maquillaje de cinco horas diarias para envejecer al actor. La película obtuvo siete nominaciones a los Óscar en 2024. Pero a pesar de acumular doce candidaturas a lo largo de su carrera, Cooper todavía no ha ganado ninguna estatuilla dorada. La película tuvo un presupuesto estimado de 80 millones de dólares.
Cosas que posiblemente no sabías de Bradley Cooper




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