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Burgess Meredith no tenía cara de galán pero su voz controlaba el aire de la habitación. Empezó en las tablas de Broadway durante los años treinta. Se curtió con Orson Welles en el Mercury Theatre y pronto entendió que la industria prefería a los tipos con aristas. Porque en aquel Hollywood de mandíbulas cuadradas su físico menudo era un problema para los contables.
En 1939 protagonizó La fuerza bruta. Aquella adaptación de la novela de Steinbeck le dio el respeto que la crítica suele negar a los secundarios. Interpretó a George Milton con una sobriedad que todavía hoy resulta incómoda. Y así fue como se plantó en la cima antes de que la política lo mandara al desierto.
Fue el primer gran paso.
La caza de brujas de McCarthy no tuvo piedad con él. Durante los años cincuenta su nombre terminó en las listas negras y los estudios le cerraron la puerta en las narices. Pero no se quedó sentado esperando un perdón que no llegaba. Se refugió en el teatro y en la dirección para mantener el pulso creativo mientras el FBI vigilaba sus amistades.
En 1966 aceptó ponerse una nariz postiza y un monóculo. Su interpretación del Pingüino en la serie Batman fue un ejercicio de histrionismo que salvó sus finanzas personales. La gente olvidó su pasado intelectual para centrarse en aquel graznido maníaco que improvisó para ocultar que el humo de los puros le irritaba la garganta.
Aquel personaje le dio una fama que no buscaba. Pero le permitió elegir proyectos con una libertad que pocos actores de su edad tenían en esa época. Así que se dedicó a alternar episodios de The Twilight Zone con películas experimentales que casi nadie vio.
Y entonces llegó 1976.
Sylvester Stallone lo llamó para Rocky porque necesitaba un viejo gruñón que oliera a sudor y a fracaso acumulado. Meredith aceptó el papel de Mickey Goldmill por poco dinero y muchas ganas de gritar. Logró una nominación al Oscar y construyó el arquetipo de mentor que el cine comercial ha copiado hasta la saciedad desde entonces.
Nunca ganó la estatuilla dorada a pesar de sus dos candidaturas consecutivas en los setenta. Pero a él no parecía importarle demasiado mientras hubiera un guion interesante sobre la mesa. En 1981 participó en Furia de titanes interpretando al viejo Ammon junto a una lechuza mecánica.
Su capacidad para modular el tono lo convirtió en un narrador de lujo para documentales y publicidad. Cobró cifras astronómicas por poner voz a marcas de coches y aerolíneas durante los años ochenta. Aquel dinero le permitió vivir con tranquilidad en su casa de Malibú rodeado de libros y recuerdos de sus cuatro matrimonios.
La memoria empezó a fallarle a mediados de la década de los noventa. Aun así tuvo fuerzas para rodar Dos viejos gruñones en 1993 y su secuela dos años después. En el rodaje todos sabían que el final estaba cerca porque ya no recordaba sus frases con la precisión de antaño.
Murió en 1997 por complicaciones del Alzheimer y un melanoma. Tenía 89 años. Su última voluntad fue que sus cenizas se esparcieran sin grandes ceremonias ni discursos de amigos famosos.
Cosas que posiblemente no sabías de Burgess Meredith




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