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Samuel Goldwyn buscaba una cara que no pareciera de Hollywood. Encontró a Ann Steely en una farmacia de Oklahoma City y decidió que aquella chica de mirada triste sería su próxima gran apuesta. Le cambió el nombre por Cathy O’Donnell y la mandó a estudiar interpretación a la American Academy of Dramatic Arts.
Su debut no pudo ser más potente. En 1946 interpretó a Wilma Cameron en Los mejores años de nuestra vida. Su papel era el de la novia fiel que espera al soldado que regresa de la guerra sin manos. La película ganó siete premios Oscar y ella se convirtió en el rostro de la inocencia americana de posguerra.
Pero la realidad del contrato era asfixiante. Goldwyn controlaba cada movimiento de su vida privada y no tardaron en chocar.
La industria nunca fue amable con ella.
Nicholas Ray la eligió para Los amantes de la noche en 1948. Fue un acierto absoluto. Formó pareja con Farley Granger en una historia de fugitivos que definió el tono del cine negro más sensible. Rodaron la película en apenas treinta días bajo una presión constante por parte del estudio.
Ese mismo año se casó con Robert Wyler. El problema es que Robert era el hermano mayor de William Wyler, el director estrella de Goldwyn. El productor montó en cólera porque consideraba que los Wyler eran sus enemigos comerciales. Así que decidió castigar a Cathy dejándola sin trabajo durante meses.
El contrato con Goldwyn terminó en los tribunales.
Y aunque recuperó su libertad no volvió a tener la misma inercia. Trabajó en Brigada 21 en 1951 a las órdenes de su cuñado William. Allí demostró que podía aguantar el tipo frente a Kirk Douglas en un entorno mucho más crudo y menos romántico que sus inicios.
A mediados de la década de los cincuenta el teléfono dejó de sonar con la frecuencia de antes. Participó en El hombre de Laramie en 1955 junto a James Stewart. Fue uno de los pocos westerns donde su presencia frágil encajaba con la violencia seca de la trama. Pero el cine estaba cambiando y los grandes estudios buscaban otro tipo de perfiles femeninos más explosivos.
Su última gran aparición ocurrió en 1959. William Wyler la llamó para interpretar a Tirzah en Ben-Hur. Pasó meses en los estudios de Cinecittà en Roma para rodar las escenas de la cueva de los leprosos. Aparece solo en una fracción del metraje total pero su reencuentro con Charlton Heston es uno de los momentos más recordados de la cinta.
Después de aquello su carrera se diluyó en participaciones televisivas menores y episodios aislados de series del oeste. Se retiró de la luz pública sin hacer ruido mientras su salud empezaba a flaquear de forma prematura.
Murió el 11 de abril de 1970 a causa de una hemorragia cerebral derivada de un cáncer. Tenía 46 años.
Cosas que posiblemente no sabías de Cathy O’Donnell




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