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Charlotte Le Bon pasó ocho años delante de una cámara de fotos odiando cada segundo de su trabajo. En Montreal y Nueva York aprendió que ser modelo era una forma rápida de ganar dinero pero una vía lenta de perder la cabeza. Así que lo dejó todo por una oportunidad en la televisión francesa que casi termina por encasillarla para siempre.
En 2010 aterrizó en el plató de Canal+ como la nueva chica del tiempo de Le Grand Journal. No se limitaba a leer isobaras. Escribía sus propios guiones de comedia y se disfrazaba de personajes absurdos para reventar la herencia de las azafatas florero. Aquello le dio una fama inmediata y peligrosa en Francia.
Nadie la tomaba en serio como actriz dramática.
Pero su formación en artes plásticas y su herencia familiar (hija y nieta de actores) pesaban más que las bromas en directo. En 2012 debutó en el cine con Astérix y Obélix: Al servicio de su majestad. Fue un papel pequeño en una superproducción ruidosa que servía para pagar facturas mientras buscaba una voz propia lejos de los focos de la televisión.
El dibujo fue su salida de emergencia.
Expuso sus obras en galerías de París y continuó ilustrando porque necesitaba un control que el cine le negaba. Y esa necesidad de mando terminó empujándola detrás de las cámaras años después.
En 2014 rodó Un viaje de diez metros bajo las órdenes de Lasse Hallström. Compartir cartel con Helen Mirren y entrar en el radar de Steven Spielberg le abrió las puertas de las agencias de Los Ángeles. En esa época encadenó proyectos de perfiles muy distintos para evitar que la industria la etiquetara como la eterna secundaria francesa.
Rodó en 16mm su primer cortometraje en 2018.
Participó en The Walk en 2015 junto a Joseph Gordon-Levitt y más tarde en La promesa en 2016. Eran películas de presupuesto abultado que le permitieron observar cómo se gestionaba un set de rodaje desde dentro. Pero el cine de estudio no terminaba de encajar con su sensibilidad oscura y algo melancólica.
Odiaba que la llamaran musa.
Porque para ella el cine nunca fue una cuestión de presencia física sino de atmósfera. En 2019 empezó a dar forma a su proyecto más personal adaptando una novela gráfica de Bastien Vivès. Se alejó de la interpretación comercial para centrarse en una historia de fantasmas adolescentes en los lagos de Quebec.
En 2022 estrenó Falcon Lake en el Festival de Cannes. Su debut como directora de largometrajes fue una sorpresa para la crítica que todavía la recordaba por sus sketches televisivos. La película evitaba los sustos fáciles y prefería centrarse en el despertar sexual y el miedo a lo invisible.
Utilizó película de 16mm para conseguir una textura orgánica que recordara a los veranos de su infancia. Así que su transición de actriz a cineasta se completó con un éxito rotundo en el circuito de festivales internacionales. En 2023 la Academia francesa le otorgó el Premio César a la mejor ópera prima.
La producción de su segundo largometraje cuenta con un presupuesto de cinco millones de euros.
En 2024 participó en el reparto de Niki bajo la dirección de Céline Sallette. Compagina estos trabajos frente a la cámara con la escritura de su próximo guion original en Montreal. El rodaje de su nueva película está programado para iniciarse en el segundo trimestre de 2025.
Cosas que posiblemente no sabías de Charlotte Le Bon




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