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Chikako Aoyama nació en Osaka en 1970 y su entrada en el cine rompió los esquemas de la industria nipona tradicional. A principios de la década de los noventa decidió que Japón se le quedaba pequeño. Así que hizo las maletas y se instaló en Hong Kong sin hablar apenas una palabra de cantonés.
Y la jugada le salió bien.
En 1992 consiguió el papel protagonista en The Wicked City, una adaptación de acción real del famoso anime dirigida por Peter Mak. Aquella película la colocó en el centro del cine de género asiático por su frialdad ante la lente y una presencia física que encajaba con la estética oscura de la época. Trabajó junto a Leon Lai y Jacky Cheung en un rodaje marcado por los efectos prácticos y las jornadas interminables.
Pero Aoyama no quería ser solo una cara en un cartel de acción. Porque entendía que su carrera necesitaba profundidad, empezó a seleccionar proyectos que se alejaban del circuito comercial más evidente.
Durante 1993 rodó The Room, una cinta que mezclaba el suspense con una carga erótica muy específica. En aquel momento la crítica no supo dónde encasillarla. Participó también en la producción The Goodbye Merry-Go-Round aquel mismo año bajo la supervisión de Roland Joffé.
Aoyama empezó a experimentar con la fotografía profesional y publicó varios libros de arte. En estos volúmenes ella misma controlaba la iluminación y la composición de cada encuadre para evitar la mirada objetivadora de otros fotógrafos.
No buscaba ser una estrella convencional.
En 1994 participó en Rampo, una obra visualmente recargada sobre el universo del escritor Edogawa Rampo. Su registro cambió hacia algo más contenido y misterioso. Aquel papel le permitió trabajar con el director Kazuyoshi Okuyama en un proyecto que tuvo un presupuesto inusual para el cine independiente japonés de esos años.
A finales de la década de los noventa su ritmo de estrenos bajó por decisión propia. Decidió centrarse en su formación como terapeuta de color y en la gestión de talentos. Antes de alejarse de los créditos principales participó en The Mistress en 1999, que supuso un cierre de etapa antes de mudarse a Londres para estudiar diseño.
Regresó a las pantallas japonesas en 2005 con la película Strange Circus del director Sion Sono. Fue una colaboración breve en una de las obras más perturbadoras del cineasta. La película se rodó en menos de tres semanas con un equipo técnico reducido para mantener el ambiente de tensión en el set.
Aoyama nunca persiguió la cantidad de títulos en su filmografía. En 2011 apareció en la serie Diplomat Kosaku Kuroda y en 2016 formó parte del reparto de Museum, un thriller de Keishi Otomo. Pero su vida profesional se desplazó hacia la representación de actores y la consultoría estética entre Japón y el resto de Asia.
En 2021 colaboró en la segunda temporada de The Naked Director para Netflix. El rodaje de sus escenas se completó en los estudios Toho bajo estrictos protocolos de seguridad. La producción utilizó lentes anamórficas para replicar la textura visual de los años ochenta.
Cosas que posiblemente no sabías de Chikako Aoyama




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