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Claude Joséphine Rose Cardinale ganó el concurso de la mujer más bella de Túnez en 1957 sin haberse inscrito. Su hermana la empujó al escenario a la fuerza y el premio consistía en un viaje al Festival de Venecia. Allí los productores italianos la persiguieron por la arena del Lido mientras ella solo pensaba en volver a su casa para terminar sus estudios de magisterio.
Franco Cristaldi vio en ella una mina de oro y la ató con un contrato de exclusividad de siete años. No podía cortarse el pelo, ni engordar, ni casarse sin su permiso previo. Ocultó su embarazo durante meses por miedo a las cláusulas de rescisión y presentó a su hijo Patrick como si fuera su hermano pequeño durante casi una década.
La industria la moldeó como un objeto de deseo mudo.
Como su italiano era precario y su voz resultaba demasiado ronca para los estándares de la época, los directores decidieron doblarla en todas sus películas iniciales. Pero su presencia física era tan arrolladora que el público europeo no tardó en exigir verla en pantalla cada vez con más frecuencia.
En 1963 trabajó de forma simultánea para Federico Fellini y Luchino Visconti. Por las mañanas era la musa etérea de 8½ y por las tardes se convertía en la burguesa ambiciosa de Il Gattopardo. Visconti la quería morena y Fellini la prefería rubia, así que tuvo que teñirse el cabello cada dos semanas para cumplir con las exigencias de ambos genios.
Fue en ese momento cuando recuperó su verdadera voz. Fellini insistió en que su tono grave era parte fundamental de su magnetismo y prohibió que la doblaran en el montaje final.
Nunca quiso ser una estrella.
Y a pesar de esa supuesta falta de ambición, Sergio Leone le entregó el único papel femenino con peso real en C’era una volta il West en 1968. Su personaje, Jill McBain, funcionaba como el centro de gravedad de una trama de hombres rudos y pólvora. Cobró una cifra significativamente inferior a la de sus compañeros de reparto masculinos a pesar de ser la protagonista absoluta del metraje.
Su relación con Cristaldi terminó cuando conoció al director Pasquale Squitieri. Rompió su contrato leonino, abandonó la protección del gran productor italiano y se mudó a Francia para empezar de cero. En Hollywood rodó The Pink Panther y The Professionals, pero siempre prefirió el ritmo de trabajo de los estudios europeos.
Y la apuesta funcionó.
Durante los años setenta y ochenta se alejó de la imagen de sex symbol para buscar papeles con mayor carga dramática. En 1982 rodó Fitzcarraldo bajo las órdenes de Werner Herzog en plena selva amazónica. Soportó un rodaje infernal marcado por los delirios del director y la inestabilidad de Klaus Kinski sin quejarse ni una sola vez.
En 2022 protagonizó L’isola del perdono, una producción rodada en Túnez bajo la dirección de Ridha Behi. Interpreta a una mujer que regresa a sus raíces en un relato que cierra un ciclo profesional de siete décadas frente a la cámara. Su filmografía supera los 150 títulos repartidos entre tres continentes.
Vive en París desde hace años y su última aparición pública relevante fue en el Festival de Venecia de 2024.
Cosas que posiblemente no sabías de Claudia Cardinale




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