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Danny Kaye no caminaba por el escenario sino que lo devoraba. Tenía una capacidad pulmonar que desafiaba la lógica y una lengua capaz de articular cincuenta palabras en apenas cinco segundos sin perder la dicción. En los años cuarenta nadie en Hollywood entendía muy bien qué hacer con aquel pelirrojo de Brooklyn que parecía tener un motor eléctrico bajo la piel.
Pero su mujer Sylvia Fine lo sabía perfectamente. Ella escribía las letras imposibles que él disparaba como una ametralladora en los teatros de Broadway. Fine entendía que el talento de Kaye no residía en el chiste fácil sino en la precisión matemática del ritmo y el trabalenguas.
Y el experimento salió bien.
Samuel Goldwyn pagó una fortuna para llevárselo a California en 1944. El productor quería que Kaye fuera el nuevo Eddie Cantor pero el actor exigió mantener su estilo anárquico. En Rumbo a Oriente el público descubrió que aquel hombre no solo era gracioso porque podía sostener una película entera sobre sus hombros con una energía agotadora para el espectador medio.
En 1947 llegó La vida secreta de Walter Mitty y el mundo entendió que la comedia física había mutado. Kaye interpretaba a un soñador crónico que escapaba de una realidad gris mediante fantasías heroicas. La película recaudó más de cuatro millones de dólares de la época y lo situó como el activo más valioso de la productora.
No todo era técnica vocal porque su cuerpo se movía con la fluidez de un dibujo animado. En El bufón de la corte de 1955 ejecutó la famosa rutina del cáliz con el veneno. Fue una coreografía de diálogos cruzados que requirió semanas de ensayo para no fallar ni una sola sílaba en un rodaje que costó casi cuatro millones de dólares.
Aquella película fue el fracaso financiero más doloroso de su carrera inicial. A pesar de ser una obra maestra del género el público de la época no respondió en taquilla y la Paramount perdió dinero. Pero Kaye no se detuvo porque su mente siempre estaba en el siguiente proyecto o en su última obsesión personal.
Nunca aceptó un guion que no tuviera ese ritmo frenético que él mismo imponía.
Fuera de los focos su vida era un caos de intereses cruzados que nada tenían que ver con el cine. Era un cocinero experto en gastronomía china y obtuvo una licencia de piloto comercial para manejar sus propios jets privados. En 1954 empezó su relación con UNICEF y viajó por todo el planeta para recaudar fondos sin cobrar un solo dólar por sus apariciones.
A finales de los setenta su presencia en el cine se volvió anecdótica. Prefirió dirigir orquestas sinfónicas por todo el mundo aunque no sabía leer ni una sola nota musical. Lo hacía por puro instinto y por la capacidad de conectar con los músicos a través del humor y una mímica que rozaba la perfección técnica.
En 1982 recibió el Premio Humanitario Jean Hersholt por su labor social.
Murió en Los Ángeles el 3 de marzo de 1987 debido a una hepatitis C contraída tras una transfusión de sangre durante una cirugía de bypass coronario realizada en 1983.
Cosas que posiblemente no sabías de Danny Kaye




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