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David Hemmings empezó su carrera con una voz blanca que fascinó al compositor Benjamin Britten. Antes de cumplir los doce años ya interpretaba The Turn of the Screw en los teatros más importantes de Europa. Pero el cambio de voz llegó pronto y con él la necesidad de buscarse la vida en la pintura y el cine.
Su físico menudo y esos ojos que parecían ver más allá de la lente le consiguieron pequeños papeles en producciones británicas. En 1966 Michelangelo Antonioni buscaba una cara que resumiera el hastío y la euforia del Londres moderno. Hemmings consiguió el papel de Thomas en Blow-Up casi por accidente tras un encuentro breve en un club.
Y la apuesta funcionó.
La película ganó la Palma de Oro en Cannes y lo colocó en el centro de un torbellino mediático que apenas podía gestionar. Pero a Hemmings no le interesaba ser solo una cara bonita para las revistas de tendencias. Quería el control total de la maquinaria cinematográfica y no tardó en mover ficha.
En 1967 fundó Hemdale junto a John Daly. La empresa se convirtió en un refugio para proyectos arriesgados y él empezó a alternar la actuación con la producción ejecutiva. Antes de cumplir los treinta años ya manejaba presupuestos que habrían asustado a cualquier veterano de la industria.
Participó en Barbarella en 1968 y en The Charge of the Light Brigade ese mismo año. Pero su interés real estaba detrás de la cámara (donde podía mandar sin filtros). En 1978 dirigió Just a Gigolo contando con David Bowie como protagonista absoluto.
A pesar del golpe financiero nunca dejó de trabajar.
Fue un fracaso comercial estrepitoso que casi acaba con su crédito como director en Europa. Muchos olvidan que fue él quien impulsó carreras ajenas mientras la suya propia entraba en una fase de actor de carácter. En 1975 trabajó a las órdenes de Dario Argento en Deep Red.
Ese papel de pianista atrapado en una pesadilla barroca le devolvió el respeto de la crítica internacional. Así que decidió que su lugar estaba en la intersección entre el cine de autor y los productos de género más oscuros. Porque Hemmings siempre prefirió el riesgo del barro a la comodidad del terciopelo.
El paso del tiempo transformó su rostro afilado en una máscara de autoridad y cansancio. En 2000 Ridley Scott lo rescató para el gran público en Gladiator donde interpretó al maestro de ceremonias del Coliseo. Su presencia física en pantalla seguía siendo abrumadora a pesar de los excesos acumulados durante décadas.
En 2002 participó en Gangs of New York bajo la dirección de Martin Scorsese. No necesitaba grandes diálogos para robarle el plano a actores mucho más jóvenes. Porque Hemmings entendía el cine como un oficio de resistencia más que de gloria efímera.
El final llegó de forma abrupta.
En diciembre de 2003 se encontraba en Bucarest rodando la película de terror Blessed. Acababa de completar sus escenas del día y se desplomó en su camerino a causa de un infarto de miocardio. Tenía 62 años y dejó tras de sí una filmografía de más de cien títulos entre cine y televisión.
Cosas que posiblemente no sabías de David Hemmings




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