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David Lean empezó cortando celuloide en los sótanos de los estudios Gaumont-British. No llegó al cine con ínfulas de artista sino con una formación técnica de montador que le permitió entender el ritmo antes que la narrativa. En 1942 rodó In Which We Serve junto a Noel Coward. Aquella colaboración le dio las herramientas para saltar al drama íntimo con una precisión quirúrgica.
Sus primeras obras británicas son ejercicios de contención emocional. En Brief Encounter (1945) demostró que el vapor de una locomotora y un primer plano podían doler más que un campo de batalla. Pero Lean no quería quedarse en los estudios de Londres. Tenía una obsesión creciente por el espacio físico y por cómo la cámara podía devorar el horizonte.
El cine británico cambió de escala sin avisar.
Con Great Expectations (1946) y Oliver Twist (1948) refinó el uso de la profundidad de campo. Y fue en ese momento cuando el blanco y negro se le quedó pequeño. Pero el verdadero cambio de rumbo llegó cuando decidió que el paisaje debía ser un personaje más en sus guiones.
En 1957 rodó The Bridge on the River Kwai en las selvas de Ceilán. Fue un rodaje brutal que costó tres millones de dólares de la época. Ganó siete premios Oscar y aquello le dio carta blanca para su proyecto más ambicioso. Lean quería filmar el desierto como nadie lo había hecho antes.
Lawrence of Arabia (1962) es el resultado de 285 días de rodaje bajo un sol abrasador. Utilizó el formato de 70mm para capturar la inmensidad de Jordania y Marruecos. El montaje de la película es una lección de transiciones visuales donde un fósforo apagado se convierte en el amanecer del desierto. Así que el mundo se rindió ante un director que prefería esperar horas a que la luz fuera perfecta.
La industria lo dio por muerto tras el estreno de Ryan’s Daughter.
Antes de ese bache filmó Doctor Zhivago (1965). Fue un éxito de taquilla masivo que recaudó más de 111 millones de dólares solo en Estados Unidos. Pero la crítica empezó a cansarse de sus superproducciones. Le acusaban de ser frío y de preocuparse más por la composición del plano que por el alma de los actores.
En 1970 la crítica destrozó Ryan’s Daughter con una saña desmedida. Lean se tomó los ataques de forma personal y decidió alejarse de las cámaras durante catorce años. Se refugió en sus barcos y en sus viajes. Pero nunca dejó de buscar una historia que le permitiera volver a lo más alto sin renunciar a su estilo visual.
Y la apuesta funcionó.
Regresó en 1984 con A Passage to India. Fue su última película terminada y consiguió 11 nominaciones al Oscar. El rodaje en la India fue tenso porque Lean seguía siendo un perfeccionista obsesivo que agotaba a sus equipos técnicos. Pero el resultado fue una obra maestra sobre el choque cultural y la incomprensión humana.
Murió en 1991 mientras preparaba la adaptación de Nostromo de Joseph Conrad. Tenía el guion listo y el reparto cerrado con nombres como Marlon Brando o Anthony Quinn. Su herencia técnica reside en el uso del espacio y en la paciencia para esperar el plano perfecto. El coste de producción de su última película ascendió a 14 millones de dólares.
Cosas que posiblemente no sabías de David Lean




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