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David Yates aterrizó en los estudios de Leavesden con una maleta llena de premios de la televisión británica y una visión política del cine de masas. Antes de Potter nadie esperaba que un director especializado en dramas realistas de la BBC se hiciera cargo de la franquicia más rentable del planeta. Pero la productora buscaba un gestor capaz de manejar presupuestos de nueve cifras sin perder el pulso narrativo.
Fue la decisión más lucrativa de la década.
En 2003 estrenó State of Play y la industria británica entendió que aquel tipo sabía rodar la tensión institucional como nadie. Su estilo no buscaba el artificio gratuito. Yates prefería la cámara al hombro y los colores desaturados para contar historias de poder y corrupción. Esa sobriedad fue precisamente lo que convenció a los ejecutivos para confiarle el cierre de una saga que necesitaba madurar a marchas forzadas.
Cuando dirigió Harry Potter y la Orden del Fénix en 2007 eliminó los rastros de cuento infantil que aún quedaban en la serie. Introdujo una estética cercana al cine de espionaje y logró que los actores adolescentes parecieran adultos enfrentados a una guerra civil inminente. Y el público respondió llenando las salas. Sus cuatro películas de la saga principal recaudaron más de 4.000 millones de dólares a nivel global.
En 2016 intentó llevar ese mismo realismo sucio a la jungla con La leyenda de Tarzán. La producción costó 180 millones de dólares y supuso un desafío logístico enorme por el uso masivo de animales digitales. Pero Yates no se sentía tan cómodo entre lianas como en los despachos o los callejones oscuros. La película funcionó en taquilla (aunque sin alardes) y sirvió para confirmar que su nombre estaba irremediablemente ligado a los grandes estudios.
Porque su zona de confort seguía vinculada a la imaginación de J.K. Rowling.
Entre 2016 y 2022 se encargó de dirigir la trilogía de Animales fantásticos. Fue un proceso de producción extenuante que coincidió con polémicas externas y cambios constantes en el guion. En Los secretos de Dumbledore (2022) se percibía cierto cansancio visual. El director parecía atrapado en un bucle de efectos visuales que empezaba a asfixiar su capacidad para el retrato humano.
En 2023 decidió romper con las varitas mágicas para rodar El negocio del dolor. Esta película para Netflix sobre la crisis de los opioides en Estados Unidos recuperó parte de su mordiente original. Yates volvió a los personajes cínicos y a las tramas donde el dinero lo pudre todo. El rodaje en Florida duró apenas siete semanas y huyó de los grandes despliegues de postproducción que habían ocupado sus últimos quince años de vida.
La cinta se presentó en el Festival de Toronto con un presupuesto final de 40 millones de dólares.
Cosas que posiblemente no sabías de David Yates




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