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Doris Lloyd llegó a los Estados Unidos en 1924 con una maleta llena de experiencia teatral y un acento de Liverpool que terminó siendo su mayor activo. No era una belleza de cartel publicitario al uso de la época. Pero su capacidad para encarnar a la mujer británica de clase trabajadora o a la aristócrata altiva le abrió las puertas de los grandes estudios de forma inmediata.
Antes de pisar Hollywood pasó años curtiéndose en el Liverpool Repertory Company. Allí aprendió que no hay papel pequeño si la dicción es perfecta y el gesto es preciso. Y esa disciplina le sirvió para sobrevivir a la transición más traumática de la industria cinematográfica.
Su rostro era el de la vecina o la criada que todos creían conocer.
En 1926 trabajó a las órdenes de Alfred Hitchcock en The Lodger. Aquella colaboración en el cine mudo británico fue el trampolín definitivo para cruzar el Atlántico. Porque mientras otras actrices temían la llegada del sonido ella sabía que su voz era una herramienta de precisión quirúrgica que los directores de casting de la Metro Goldwyn Mayer no tardarían en reclamar.
Con la llegada de los años treinta Lloyd se instaló en el corazón de la colonia británica de Hollywood. Compartía té y rodajes con Ronald Colman o C. Aubrey Smith. Pero a diferencia de las grandes estrellas ella trabajaba a destajo en cinco o seis producciones al año. En 1933 interpretó a Nancy en Oliver Twist y un año después participó en Tarzan and His Mate.
Era una cuestión de pura supervivencia profesional.
Su registro no conocía límites dentro del arquetipo de mujer inglesa. En 1935 formó parte del reparto de Becky Sharp (la primera película rodada íntegramente en Technicolor de tres tiras). Pero su momento de mayor visibilidad llegó con The Letter en 1940 donde compartió escena con Bette Davis. Lloyd no necesitaba grandes monólogos para robar una escena porque su presencia física llenaba el encuadre de una forma natural y casi invisible.
Y lo hizo sin quejarse nunca del encasillamiento. Entendía que la industria necesitaba rostros de confianza para dar veracidad a las historias ambientadas en Londres rodadas íntegramente en los platós de California. Así que se convirtió en la gobernanta obligatoria en películas de terror y dramas de época.
Durante la década de los cincuenta y sesenta su actividad no decayó a pesar de la edad. En 1951 puso voz a la Rosa en la versión animada de Alice in Wonderland de Disney. Y en 1965 participó en uno de los mayores éxitos de taquilla de la historia del cine interpretando a la baronesa Ebberfeld en The Sound of Music.
Aquel rodaje en Austria supuso uno de sus últimos grandes trabajos antes de alejarse de los focos. Porque la televisión también reclamó su presencia en series como Alfred Hitchcock Presents o Perry Mason. En estas producciones Lloyd demostró que podía adaptarse a los ritmos rápidos de la pequeña pantalla sin perder un ápice de esa sobriedad británica que la caracterizaba.
Su última aparición en el cine ocurrió en 1967 con la película Rosie! protagonizada por Rosalind Russell.
Falleció en Santa Bárbara el 21 de mayo de 1968 a los 71 años. Su nombre figura en los créditos de más de doscientas producciones cinematográficas y televisivas rodadas entre dos continentes. No dejó memorias escritas ni escándalos en la prensa sensacionalista de la época.
Cosas que posiblemente no sabías de Doris Lloyd
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Película
Sedalia
22/11/1967


TV
Mrs. Hackett
13/09/1964




TV
The Callendars' Maid
20/09/1962




TV
Andrina Gibbs
20/09/1962




TV
Martha
20/09/1962


Película
Lady Fallott
13/04/1962


Película
Nora Stanley
13/10/1960



TV
Mother Evans
13/09/1960



TV
Mrs. Edith Pringle
13/09/1960
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