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Elizabeth Taylor nunca fue una niña normal. A los diez años ya cargaba con el peso de un contrato en Metro-Goldwyn-Mayer y una mirada violeta que intimidaba a directores que le doblaban la edad. No hubo transición ni tregua entre la infancia y el estrellato.
Su salto a la madurez interpretativa ocurrió en 1951 con Un lugar en el sol. Allí demostró que su belleza no era un adorno sino un arma dramática. Montgomery Clift fue su aliado en esa película y también el inicio de una serie de amistades intensas que definieron su paso por los estudios.
Pero el sistema de estudios la trataba como una propiedad privada.
Taylor detestaba muchos de los papeles que le imponían por contrato. Rodó La última vez que vi París casi por obligación comercial mientras su vida privada empezaba a generar más titulares que sus estrenos. Su técnica era instintiva y visceral porque nunca pasó por escuelas de interpretación. Simplemente se ponía ante la cámara y dejaba que su magnetismo hiciera el trabajo sucio.
En 1963 rompió todas las reglas financieras de la industria. Exigió un millón de dólares por protagonizar Cleopatra y lo consiguió. Fue la primera mujer en alcanzar esa cifra y el rodaje en Roma casi tumba a la productora Fox por los retrasos y el presupuesto desorbitado.
Allí conoció a Richard Burton.
Aquel romance volcánico eclipsó la propia película y cambió la prensa rosa para siempre. La pareja se convirtió en una marca itinerante que devoraba diamantes y rodaba joyas como ¿Quién teme a Virginia Woolf? en 1966. Por ese papel Taylor engordó y se afeó para demostrar que su talento era superior a su físico.
Ganó su segundo Oscar y se alejó definitivamente de la imagen de ingenua que Hollywood quiso vender durante décadas. Pero el cine empezó a cambiar y los grandes dramas de época perdieron fuerza frente al nuevo cine de autor de los setenta.
A partir de los ochenta sus apariciones en pantalla fueron cada vez más selectivas. Participó en El espejo roto en 1980 y prefirió centrarse en el teatro de Broadway con obras como Las zorras. La industria ya no sabía dónde encajar a una leyenda de su calibre que no aceptaba papeles secundarios mediocres.
Y entonces cambió el guion de su vida.
La muerte de Rock Hudson en 1985 la empujó a una lucha pública contra el sida. Recaudó más de 270 millones de dólares para la causa en una época donde el estigma social silenciaba a la mayoría de sus compañeros de profesión. Su labor humanitaria terminó siendo más relevante para ella que cualquier estreno en la alfombra roja.
Su última aparición en el cine fue un cameo en Los Picapiedra en 1994. Después de eso se refugió en su faceta empresarial con perfumes y joyería hasta que su salud se complicó definitivamente. Falleció en el centro médico Cedars-Sinai de Los Ángeles el 23 de marzo de 2011 por una insuficiencia cardíaca. Tenía 79 años.
Cosas que posiblemente no sabías de Elizabeth Taylor




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