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George Voskovec era el jurado número once. El reloj marcaba los tiempos de una Nueva York asfixiante en la ficción de Sidney Lumet mientras él, un exiliado checo, aportaba la sobriedad del que ha visto caer democracias reales. Antes de llegar a Hollywood ya era un mito en Praga. Pero su nombre en los títulos de crédito estadounidenses nunca llevó los fuegos artificiales que merecía su talento teatral.
Junto a Jan Werich formó la pareja V+W en el Teatro Liberado. No hacían comedias blancas para pasar el rato. Sus obras eran ataques directos al fascismo que asomaba por la frontera alemana durante los años treinta. Aquello les obligó a salir de Checoslovaquia en 1939 para evitar una ejecución segura en manos de la Gestapo.
Llegó a Estados Unidos con el idioma a cuestas y una carrera que reconstruir desde cero.
Y lo hizo sin mirar atrás. Durante la década de los cuarenta trabajó en la radio y en montajes teatrales que apenas pagaban las facturas. Pero el estigma del extranjero siempre estaba ahí. En 1950 la administración estadounidense lo retuvo en Ellis Island durante casi un año por sus supuestas simpatías izquierdistas en su juventud europea. Aquella estancia forzosa fue un golpe seco a su optimismo sobre la libertad americana.
Aquel encierro de once meses pudo hundirle. Pero Voskovec aprovechó el tiempo para estudiar el sistema que le mantenía preso. Al salir recuperó el ritmo y se instaló en Nueva York. La televisión de mediados de siglo necesitaba rostros con peso específico y él encajaba en los dramas judiciales que se rodaban en directo.
Su gran oportunidad en la pantalla grande llegó a los 52 años.
En 1957 rodó Doce hombres sin piedad. Su personaje defendía el sistema judicial con una convicción que solo alguien que ha perdido su patria puede tener. Lumet supo que necesitaba esa mirada cansada pero firme para equilibrar el caos de la sala de deliberación. A partir de ahí el teléfono no dejó de sonar para papeles de profesor, científico o espía de alto rango.
Su ritmo de trabajo nunca bajó.
Porque Voskovec no actuaba de exiliado. Lo era de verdad. En 1965 participó en El espía que surgió del frío junto a Richard Burton. Su presencia aportaba una veracidad europea que los estudios de California no podían fabricar con actores locales. El público veía en él a un hombre que cargaba con el peso del siglo veinte en los hombros.
En 1970 se unió al reparto de La balada de Cable Hogue bajo las órdenes de Sam Peckinpah. Fue un rodaje duro en el desierto de Nevada. Pero el actor ya estaba acostumbrado a los entornos hostiles y a las personalidades volcánicas. Prefería la disciplina del guion al caos de las estrellas.
En 1980 participó en En algún lugar del tiempo junto a Christopher Reeve. Fue uno de sus últimos trabajos antes de que su salud fallara definitivamente. No hubo grandes despedidas en la prensa ni homenajes televisados en horario de máxima audiencia para el hombre que huyó de dos dictaduras.
George Voskovec murió el 1 de julio de 1981 en Pearblossom, California, debido a un ataque al corazón tras una intervención quirúrgica. Tenía 76 años.
Cosas que posiblemente no sabías de George Voskovec




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