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Ghislaine Elizabeth Perreau debutó con dos años en el rodaje de Madame Curie. Su madre la llevó a las pruebas porque la producción buscaba a una niña capaz de hablar francés e inglés sin esfuerzo para los diálogos iniciales.
En 1943 aquella pequeña de cara redonda apenas entendía qué hacía frente a las cámaras de la Metro-Goldwyn-Mayer. Solo seguía instrucciones precisas mientras los focos calentaban el estudio.
Pero funcionó.
Durante la década de los cuarenta su rostro apareció en decenas de producciones de primer nivel. Trabajó bajo las órdenes de directores como Douglas Sirk y compartió cartel con Claude Rains en un Hollywood que explotaba el talento infantil con una eficiencia mecánica.
En 1949 firmó un contrato con Samuel Goldwyn que le garantizaba mil dólares a la semana. Era una cifra astronómica para una niña que todavía jugaba con muñecas en los descansos de Enchantment y que debía compaginar las clases obligatorias con las sesiones de maquillaje.
La transición a la adolescencia suele ser el muro donde terminan casi todos los niños actores. Para Gigi Perreau el proceso fue algo más lento pero igual de inevitable según cambiaban sus facciones y la industria buscaba nuevos perfiles.
En 1956 interpretó a la hija de Gregory Peck en The Man in the Gray Flannel Suit. Aquel papel sirvió para demostrar que podía sostener diálogos complejos y mantener el pulso dramático frente a las grandes estrellas masculinas de la época.
Y aun así el cine empezó a olvidarla.
Los gustos del público variaron y las ofertas para la gran pantalla escasearon a medida que entraba en la veintena. Así que decidió buscar refugio en la televisión participando en series como The Betty Hutton Show o Follow the Sun durante los primeros años sesenta.
Porque el sistema de estudios ya no protegía a sus antiguos activos infantiles. Las agendas se llenaron de nombres nuevos y Perreau tuvo que decidir si pelear por papeles secundarios o buscar una salida digna fuera de los focos principales.
Perreau no se quedó sentada esperando una llamada de su agente que nunca llegaba. A finales de los sesenta decidió que su experiencia acumulada en cientos de rodajes valía más en las aulas que en los castings de relleno para series procedimentales.
Empezó a dar clases de interpretación y a dirigir teatro en Los Ángeles con un enfoque muy técnico. Sus alumnos no siempre sabían que su profesora tenía una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood desde el 8 de febrero de 1960.
Fue una decisión pragmática.
En las décadas posteriores puso su voz a diversos personajes de animación y participó de forma recurrente en convenciones de cine clásico. En 2008 prestó su voz para la película Fly Me to the Moon y se mantuvo vinculada a la preservación del legado del cine de la época dorada a través de conferencias.
En 2017 recibió el premio Spirit of Silver Lake en el Festival de Cine de Silver Lake como reconocimiento a su trayectoria técnica y su labor educativa. Aquel encuentro sirvió para recordar que su nombre aparecía en los créditos de las películas que definieron el estilo visual de la posguerra.
Su ficha en el sindicato de actores registra su última participación oficial en una producción de doblaje en el año 2010.
Cosas que posiblemente no sabías de Gigi Perreau
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