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Gladys Cooper no empezó queriendo ser la mejor actriz de su generación. Empezó siendo el rostro que los soldados británicos llevaban en el bolsillo durante la Primera Guerra Mundial. Su cara vendía millones de postales antes de que el cine supiera qué hacer con ella.
La belleza era su moneda de cambio, pero el control era su objetivo.
En 1917 tomó las riendas del Playhouse Theatre de Londres y allí mandó durante más de una década. No se limitaba a actuar porque prefería decidir quién cobraba y qué se ensayaba. Aquella etapa en las tablas británicas le dio una autoridad que Hollywood nunca pudo doblegar del todo. Pero el cine mudo no terminaba de captar su magnetismo real y ella lo sabía.
Eran años de teatro físico y de aprender que el público perdona un error pero nunca el aburrimiento. Fue la gestora más joven del West End y eso le dio un olfato comercial que muchos de sus compañeros de reparto envidiaban en secreto.
Londres se le quedó pequeño en plena madurez.
En 1940 aterrizó en California para rodar Rebecca de la mano de Alfred Hitchcock. Tenía ya cincuenta y dos años y ninguna intención de interpretar a damiselas en apuros. Su papel como Beatrice Lacy demostró que podía robarle el plano a cualquiera con un simple movimiento de cejas. Y lo hizo sin despeinarse mientras el mundo se desmoronaba por la guerra.
Aquel contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer la convirtió en la secundaria de lujo que todo gran estudio necesitaba. En 1943 participó en The Song of Bernadette y logró su primera candidatura a los premios de la Academia. Pero ella no buscaba la fama de los carteles luminosos. Prefería la seguridad de un sueldo alto y la libertad de elegir proyectos que no la obligaran a ser una marioneta del sistema de estudios.
Tres nominaciones al Oscar y ninguna estatuilla en la vitrina.
Porque Gladys Cooper entendía el cine como un oficio de precisión y no como un altar de vanidades. Trabajó con los mejores pero nunca dejó que el brillo de Los Ángeles le nublara el juicio sobre su propia carrera. En 1958 volvió a rozar el premio con Separate Tables interpretando a una madre controladora y gélida.
El reconocimiento oficial no le llegó por una película sino por toda una vida dedicada a la interpretación. En 1967 recibió el título de Dame Commander of the Order of the British Empire. Para entonces ya era una institución que caminaba por los platós con la espalda recta y una disciplina que asustaba a los actores más jóvenes.
En 1964 rodó My Fair Lady bajo las órdenes de George Cukor. Su interpretación de la señora Higgins es el ejemplo perfecto de cómo envejecer con una dignidad aplastante frente a la cámara. Y aunque el público la recuerda por ese papel dulce pero firme, ella siempre se consideró una mujer de negocios que sabía actuar.
Siguió trabajando casi hasta el final porque el retiro nunca entró en sus planes de pensiones. Su última aparición en televisión fue en la serie The Persuaders! en 1971 junto a Roger Moore. No hubo grandes despedidas ni discursos lacrimógenos en programas de variedades.
Murió el 17 de noviembre de 1971 en Henley-on-Thames a causa de una neumonía.
Cosas que posiblemente no sabías de Gladys Cooper
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Película
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07/06/1976


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