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Harry Carey, Jr. nació en un rancho de California en 1921 con el destino ya escrito en el apellido. Su padre era una estrella del cine mudo y su madre una actriz de carácter (Olive Carey). Pero el joven Dobe (apodo que recibió por su pelo rojizo) no entró en la industria por la puerta grande del nepotismo fácil. Antes de debutar tuvo que pasar por la Marina durante la Segunda Guerra Mundial trabajando en películas de entrenamiento bajo las órdenes de John Ford.
En 1948 rodó Tres padrinos y allí descubrió lo que significaba ser un actor de reparto a las órdenes de un tirano. Ford lo obligó a permanecer bajo el sol del desierto de Mojave durante horas sin protección para que su aspecto fuera el de un hombre moribundo. Aquello no era interpretación sino resistencia física pura. Fue el precio que tuvo que pagar para entrar en la famosa compañía estable de actores del director.
Y la apuesta funcionó.
Carey no buscaba el primer plano ni los grandes salarios de los protagonistas. Se conformaba con ser el secundario que aportaba veracidad al paisaje de Monument Valley junto a John Wayne. En 1949 participó en La legión invencible y un año después en Río Grande. Su rostro se convirtió en una pieza fundamental del engranaje visual de Ford porque sabía montar a caballo y moverse con la naturalidad de quien ha crecido entre establos.
En 1956 interpretó a Brad Jorgensen en Centauros del desierto y su muerte en pantalla sigue siendo uno de los momentos más secos del género. Pero la industria empezó a cambiar y el western clásico perdió el favor del público masivo a finales de esa década. Así que Carey tuvo que buscarse la vida en la pequeña pantalla apareciendo en series como Bonanza o Gunsmoke.
Nunca se quejó de la falta de papeles protagonistas. Entendía su oficio como el de un artesano que llega al set, cumple con su marca y se marcha a casa. En total participó en más de 150 producciones a lo largo de seis décadas. Pero su carrera tuvo un repunte inesperado cuando los directores de la generación de los ochenta empezaron a buscar leyendas vivas para sus películas.
El rostro del viejo oeste se adaptó a la era del blockbuster.
En 1984 Joe Dante lo llamó para participar en Gremlins y en 1990 Robert Zemeckis le dio un hueco en la taberna de Regreso al futuro III. Eran homenajes explícitos a una forma de hacer cine que ya estaba desapareciendo. Carey disfrutaba de estos cameos porque le permitían seguir activo sin la presión de cargar con el peso de la narrativa.
En 1994 publicó sus memorias tituladas Company of Heroes para poner orden en sus recuerdos. El libro detalla las borracheras de Ben Johnson y las humillaciones constantes de Ford sin filtros innecesarios. No buscaba la revancha pero sí quería dejar constancia de lo duro que era trabajar para el hombre que inventó el oeste cinematográfico.
Marilyn Fix fue su esposa desde 1944 hasta el final de sus días. Esta estabilidad personal le permitió navegar por las épocas de escasez laboral sin las crisis existenciales de otros compañeros de profesión. Murió por causas naturales el 27 de diciembre de 2012 en una residencia de Santa Bárbara. Tenía 91 años.
Su última aparición acreditada fue en el documental The Great Adventure estrenado en 2013.
Cosas que posiblemente no sabías de Harry Carey, Jr.




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