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Hillary Brooke medía casi un metro ochenta y ese fue su primer gran obstáculo en los platós de los años treinta. No encajaba en el molde de actriz menuda que los estudios buscaban para no eclipsar a los galanes de la época. Pero ella tenía un plan distinto para esquivar el rechazo de los directores de casting.
Nació en Nueva York con el nombre de Beatrice Peterson y no tenía ni una gota de sangre británica en las venas. Decidió fingir un acento londinense impecable para conseguir papeles de mujer sofisticada y cosmopolita. Y la mentira funcionó tan bien que durante años nadie en la industria dudó de su origen europeo.
Se inventó a sí misma por pura supervivencia laboral.
En 1937 apareció en New Faces of 1937 con un papel minúsculo que apenas le servía para pagar el alquiler en Los Ángeles. Trabajaba como modelo para revistas de moda mientras esperaba una oportunidad real en el cine de serie B. Porque en aquel Hollywood de posguerra el físico lo era todo y ella tenía una presencia que intimidaba a los productores más tradicionales.
La suerte cambió cuando empezó a rodar con el dúo formado por Bud Abbott y Lou Costello. En 1952 se incorporó al reparto de The Abbott and Costello Show interpretando a una vecina educada que siempre mantenía la compostura ante el caos. Cobraba un salario fijo semanal que le permitió rechazar guiones mediocres y empezar a elegir proyectos con más criterio técnico.
Su relación con el cine de intriga fue mucho más que un pasatiempo. En 1945 participó en The Woman in Green, una de las entregas más recordadas de la saga de Sherlock Holmes protagonizada por Basil Rathbone. Allí demostró que podía ser una villana magnética sin necesidad de levantar la voz ni gesticular en exceso.
El público la aceptaba como la mujer de clase alta que escondía secretos oscuros.
Pero su momento de mayor prestigio técnico ocurrió en 1956. Alfred Hitchcock la contrató para The Man Who Knew Too Much para interpretar a Jan Peterson en una de las secuencias más tensas del metraje. No era la protagonista pero su capacidad para llenar el encuadre convenció al director inglés, que siempre buscaba esa frialdad estética en sus repartos femeninos.
A diferencia de otras estrellas que se aferraban a los focos cuando el teléfono dejaba de sonar, ella supo cuándo marcharse. En 1960 rodó su última aparición televisiva en un episodio de Richard Diamond, Private Detective y decidió que ya había tenido suficiente. Nunca regresó a los platós de grabación ni intentó forzar un regreso nostálgico en la década de los setenta.
Se mudó al norte de California para dedicarse a sus negocios privados y a su familia lejos de la prensa de cotilleos. Porque Hillary Brooke siempre entendió la actuación como un oficio técnico y no como una validación personal constante. Así que pasó sus últimas décadas disfrutando de un anonimato que ella misma gestionó con la misma precisión que su falso acento británico.
Murió el 25 de mayo de 1999 en un centro médico de Bonsall. Tenía 84 años y el parte oficial confirmó una insuficiencia pulmonar tras una caída accidental en su domicilio semanas antes.
Cosas que posiblemente no sabías de Hillary Brooke




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