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James Gandolfini no parecía un actor. Tenía ese aspecto de vecino que te cruzas en el supermercado o de tipo que arregla tuberías en un sótano de Nueva Jersey. Quizá por eso, cuando apareció en pantalla, el público sintió un escalofrío diferente.
Su formación empezó tarde. No fue el típico niño prodigio que recitaba a Shakespeare frente al espejo. Se graduó en comunicaciones y trabajó como portero de discoteca y camarero antes de pisar un escenario. Esa vida real le dio un peso físico que no se aprende en las escuelas de arte dramático.
Y entonces llegó 1993.
En Amor a quemarropa apenas necesitó unos minutos para merendarse la escena. Interpretaba a un matón que sonreía mientras recibía una paliza. Fue un aviso para navegantes. Hollywood entendió que aquel hombre corpulento podía dar miedo y generar empatía al mismo tiempo, una mezcla peligrosa y magnética.
Pero el verdadero terremoto ocurrió en 1999 con el estreno de Los Soprano.
Tony Soprano era un personaje imposible sobre el papel. Un asesino, un adúltero y un tipo despreciable que, de repente, sufría ataques de pánico por unos patos en su piscina. Gandolfini lo dotó de una humanidad tan brutal que los espectadores terminaron queriendo a un sociópata.
El rodaje de la serie fue una tortura física para él. Se ponía piedras en los zapatos para estar siempre de mal humor o no dormía para reflejar el agotamiento del personaje. Ganó tres premios Emmy por este trabajo, pero el coste personal fue altísimo debido a la intensidad que exigía el guion de David Chase.
Era el eje de todo.
A pesar del ruido mediático, Gandolfini siempre odió la fama. Se definía como un tipo de 120 kilos de Nueva Jersey que simplemente hacía su trabajo. Se sentía incómodo en las entrevistas y prefería hablar de sus compañeros que de sus propios méritos.
Muchos pensaron que nunca saldría del callejón de los gánsteres. Pero el actor se empeñó en romper el molde. En 2009 participó en In the Loop, una sátira política donde interpretaba a un general estadounidense con un sentido del humor afilado como un bisturí.
También produjo documentales para HBO. En 2007 estrenó Alive Day Memories: Home from Iraq y en 2010 Wartorn: 1861-2010. En ambos proyectos se alejó del foco para dar voz a soldados con estrés postraumático, demostrando una sensibilidad que chocaba con su imagen de tipo duro.
Su registro era inmenso.
En 2013 rodó Sobran las palabras junto a Julia Louis-Dreyfus. Fue una comedia romántica agridulce donde mostró una vulnerabilidad absoluta, lejos de pistolas y amenazas. La película se estrenó de forma póstuma y sirvió como un testamento perfecto de su capacidad para interpretar a hombres comunes que solo buscan cariño.
El 19 de junio de 2013 un ataque al corazón terminó con todo en un hotel de Roma. Tenía 51 años y dejó a medias varios proyectos, incluyendo la miniserie The Night Of. El funeral en Nueva York congregó a miles de personas que no despedían a una estrella, sino a alguien que sentían como parte de su propia familia.
Su última aparición en cine fue La entrega, estrenada en 2014.
Cosas que posiblemente no sabías de James Gandolfini




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