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James Stewart medía casi un metro noventa y pesaba poco más de sesenta kilos cuando aterrizó en Hollywood. Tenía un tartamudeo natural que los jefes de la Metro Goldwyn Mayer intentaron corregir sin éxito. Pero ese aire de hombre corriente terminó siendo su mejor inversión financiera.
En 1950 Stewart tomó una decisión que cambió las finanzas de la industria para siempre. Renunció a su salario fijo por rodar Winchester ’73. A cambio pidió una parte de los beneficios directos en taquilla.
Fue un movimiento arriesgado porque el proyecto podía hundirse en los cines. Pero el western funcionó y él se embolsó seiscientos mil dólares de la época. Aquel pacto con Universal terminó con la era de los actores esclavos de los grandes estudios.
Nadie esperaba que aquel chico de Pensilvania fuera a romper el sistema.
Antes de ser una estrella estudió arquitectura en la Universidad de Princeton. Allí descubrió el teatro casi por accidente y se unió a una compañía itinerante. Y aunque su padre quería que volviera al negocio familiar de ferretería, Stewart prefirió probar suerte en Nueva York.
Alfred Hitchcock vio algo turbio en esa mirada de buen vecino que tanto gustaba a las familias. En 1958 rodaron Vértigo y el público descubrió a un Stewart obsesivo y casi cruel. Ya no era el héroe idealista que intentaba salvar el mundo en los años treinta.
La guerra lo había cambiado por dentro. Durante sus misiones como piloto de combate en Europa vio demasiada muerte real. Por eso sus personajes de madurez tienen siempre ese punto de desesperación contenida.
Stewart participó en veinte misiones de bombardeo sobre la Alemania nazi.
Regresó de la contienda con el rango de coronel y una sordera parcial por el ruido de los motores. Le costó volver a ponerse delante de una cámara porque el cine le parecía una frivolidad comparado con lo que había dejado atrás. Frank Capra tuvo que convencerlo casi a la fuerza para rodar ¡Qué bello es vivir! en 1946.
Y la apuesta funcionó.
A finales de los años sesenta el cine cambió y los hombres de su generación empezaron a sobrar. Stewart no se quejó ni intentó perseguir modas que no entendía. Se refugió en su rancho y en la cría de caballos mientras aceptaba papeles secundarios en películas de catástrofes o westerns crepusculares.
En 1976 rodó El último pistolero junto a John Wayne. Fue una despedida simbólica para ambos. Stewart interpretaba a un médico que le diagnosticaba un cáncer terminal al personaje de Wayne. Fue una de las pocas veces que se le vio llorar de verdad en un set de rodaje.
Su vida privada fue tan austera como su forma de hablar. Se casó una sola vez con Gloria Hatrick McLean en 1949 y permaneció con ella hasta que la muerte los separó.
En 1991 puso voz a un perro sheriff en la cinta de animación Fievel va al Oeste. Fue su último trabajo acreditado en la gran pantalla.
Murió en su casa de Beverly Hills el 2 de julio de 1997 por una embolia pulmonar. Tenía ochenta y nueve años.
Su certificado de defunción no menciona sus dos Oscar ni su rango de general de brigada en la reserva.
Cosas que posiblemente no sabías de James Stewart




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