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Jason Robards tenía la cara surcada por grietas que parecían mapas de carreteras secundarias y una voz que sonaba a tabaco y a cansancio existencial. Antes de ganar dos Oscar consecutivos pasó años deambulando por los muelles de Nueva York buscando una oportunidad que se resistía a aparecer. Su padre había sido una estrella del cine mudo pero él detestaba aquel estilo de actuación exagerado y artificial.
En 1941 estaba a bordo de un acorazado en Pearl Harbor cuando los aviones japoneses oscurecieron el cielo. Aquella experiencia bélica le destrozó los nervios pero le dio el material necesario para entender la fragilidad humana. Y tras el conflicto decidió que su vida pertenecería al teatro.
Nadie daba un duro por él en sus comienzos.
Pero en 1956 todo cambió gracias a su encuentro con la obra de Eugene O’Neill. Su interpretación en The Iceman Cometh fue un puñetazo en el estómago de la crítica neoyorquina que no esperaba tal nivel de crudeza. Robards no actuaba sino que parecía sangrar palabras sobre las tablas del teatro.
El salto a la pantalla grande no fue un camino de rosas porque los estudios buscaban rostros más amables y menos atormentados. Robards aceptó papeles secundarios en producciones que a menudo despreciaba en privado. Pero su determinación era absoluta y su técnica se volvió quirúrgica con el paso de los rodajes.
En 1976 interpretó a Ben Bradlee en All the President’s Men y dio una lección magistral de autoridad contenida. No necesitaba gritar para dominar la redacción del Washington Post. Aquel papel le valió su primera estatuilla dorada tras décadas de esfuerzo invisible en la industria.
Cincuenta años de carrera le sirvieron para entender que el cine era un oficio de resistencia.
Al año siguiente repitió la hazaña con Julia donde demostró que podía robarse cada escena con apenas unos minutos de metraje. Fue el primer actor en lograr dos premios de la Academia de forma consecutiva en la categoría de reparto. Así que los guiones de calidad empezaron a amontonarse en su mesa de noche.
A pesar del éxito el alcoholismo fue una sombra constante que casi termina con su vida en un accidente de coche en 1972. Tuvo que someterse a varias cirugías faciales para reconstruir su rostro tras estrellarse contra una montaña en California. Pero aquel incidente no frenó su capacidad para conectar con el público más joven.
En 1999 aceptó participar en Magnolia bajo las órdenes de Paul Thomas Anderson. Interpretaba a un hombre que se moría de cáncer en una cama mientras pedía perdón por sus pecados pasados. Fue una interpretación profética y dolorosa que rodó mientras él mismo luchaba contra la enfermedad en la vida real.
Y la apuesta funcionó.
Robards nunca buscó la fama de las portadas de revistas ni los contratos millonarios por películas de acción. Prefería el silencio de los camerinos y la precisión de un buen diálogo bien escrito. Su método consistía en escuchar al otro actor en lugar de esperar su turno para hablar.
Falleció en un hospital de Bridgeport el 26 de diciembre de 2000 a los 78 años de edad. Su certificado de defunción registró un cáncer de pulmón como la causa oficial de la muerte tras meses de tratamiento fallido.
Cosas que posiblemente no sabías de Jason Robards




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