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Godard no pedía permiso para entrar en el encuadre. En 1960 rodó À bout de souffle con una cámara al hombro y un desprecio absoluto por la técnica académica. No buscaba la perfección sino el pulso de la calle.
Y la apuesta funcionó.
Antes de ser director fue crítico en la revista Cahiers du Cinéma. Allí aprendió que para crear algo nuevo primero hay que entender cómo funciona lo viejo. Pero Godard nunca quiso ser un alumno aplicado. Robaba libros de la biblioteca de su abuelo para venderlos y pagar sus primeros cortometrajes.
Aquella falta de respeto por la propiedad ajena se trasladó pronto a la pantalla. En sus primeras obras cortó los planos cuando le daba la gana y rompió la cuarta pared sin avisar. Porque para él el cine no era una ventana al mundo sino una pared llena de pintadas.
En 1963 dirigió Le Mépris con el presupuesto más alto de su trayectoria. Aquello supuso un choque frontal con los productores que esperaban una película comercial de Brigitte Bardot. El resultado fue un ensayo visual sobre la desintegración del matrimonio y el fin del cine clásico.
Godard utilizaba los colores primarios como si fueran bofetadas. El rojo y el azul inundaban la pantalla para recordar al espectador que estaba viendo una construcción artificial. Pero la industria no siempre aceptó sus experimentos con la misma alegría que la crítica parisina.
En 1967 rodó Week-end y cerró una etapa fundamental.
Aquella película terminaba con un rótulo que decía: fin del cine. No era una broma. Poco después se sumergió en el activismo político radical y fundó el Grupo Dziga Vertov para filmar la lucha de clases en 16mm. Eran obras ásperas que rechazaban el placer del espectador.
Abandonó las estrellas de cine y los guiones estructurados. Se dedicó a viajar por el mundo con cámaras ligeras para documentar conflictos en Palestina o fábricas en huelga. Así que su nombre desapareció de las carteleras comerciales durante casi una década.
Durante los años ochenta se instaló en Rolle y empezó a experimentar con el video. En 1988 inició el proyecto de las Histoire(s) du cinéma que le ocuparía una década entera. Eran collages densos donde mezclaba citas literarias con fragmentos de películas y noticias de guerra.
Muchos críticos dejaron de entenderle. Pero a él no le importaba la audiencia masiva ni los premios en los festivales internacionales. Seguía trabajando con la misma urgencia que al principio de su vida en su pequeño estudio lleno de monitores y cables.
En 2018 presentó Le Livre d’image en el Festival de Cannes.
No viajó a la ciudad francesa para la rueda de prensa. Prefirió atender a los periodistas a través de una pantalla de teléfono móvil desde su casa. Fue su última gran aparición pública antes de decidir su propio final en la intimidad de su hogar suizo.
El 13 de septiembre de 2022 Jean-Luc Godard murió mediante suicidio asistido en Suiza. Tenía 91 años y había dejado instrucciones precisas sobre su legado. El informe forense detalló que el cineasta no padecía ninguna enfermedad terminal en el momento de su fallecimiento.
Cosas que posiblemente no sabías de Jean-Luc Godard
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