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Jean Renoir no quería ser director de cine. Al principio prefería la cerámica y el fuego de los hornos. Pero la sombra de su padre Auguste era demasiado alargada y el joven Jean acabó gastándose la herencia en producir películas para su mujer, Catherine Hessling.
Y se lanzó al vacío sin red.
Sus primeras obras fueron experimentos costosos financiados con la venta de los cuadros impresionistas de la familia. En 1926 rodó Nana, una superproducción que casi lo arruina por completo. Fue el primer choque serio con la realidad de una industria que todavía no entendía su mirada sobre la puesta en escena.
Antes de rodar sus grandes obras pasó años aprendiendo que el cine era un asunto de dinero y paciencia. Porque para Renoir la cámara no era un testigo mudo sino un invitado más en la mesa de los actores. Así que empezó a moverla de una forma que nadie había visto hasta entonces en Francia.
En los años treinta Renoir inventó el realismo poético casi sin darse cuenta. Películas como La gran ilusión de 1937 demostraron que se podía hablar de la guerra y la fraternidad sin caer en el panfleto. Joseph Goebbels la prohibió en Alemania por considerarla el enemigo número uno del sentimiento nacionalista.
Pero el verdadero terremoto llegó con La regla del juego en 1939. El público de París abucheó el estreno y la crítica la destrozó con una saña inusual. Fue un fracaso comercial tan absoluto que el director tuvo que recortar el metraje original para intentar salvar la distribución en provincias.
Nadie vio venir que esa cinta sería la base de toda la modernidad cinematográfica.
La película retrataba a una burguesía decadente que bailaba sobre un volcán a punto de estallar. Poco después de aquel estreno los nazis entraron en Francia y el cineasta tuvo que hacer las maletas. El mundo que había retratado con tanta precisión se estaba cayendo a pedazos de verdad.
Con la ocupación nazi Renoir huyó a Estados Unidos en 1941. Hollywood lo recibió como a un maestro de prestigio pero lo trató como a un principiante en los despachos. Los estudios no soportaban su costumbre de improvisar sobre la marcha o su desprecio por el guion de hierro. Aun así dejó piezas extrañas como The Southerner en 1945.
Renoir nunca encajó en el sistema de producción de California.
Porque para él la técnica era siempre secundaria frente a la humanidad de los personajes. Así que decidió buscar aire fresco y rodar en la India El río en 1951. Fue su primera película en color y cambió su forma de entender la luz y la naturaleza para el resto de su vida.
En sus últimos años se dedicó más a escribir novelas y a dar clases en California que a ponerse tras la cámara. Su salud flaqueó a mediados de los setenta y se instaló definitivamente en su casa de Beverly Hills. Murió el 12 de febrero de 1979 rodeado de sus recuerdos y de algunos lienzos que no tuvo que vender para financiar sus rodajes.
Su última película fue El pequeño teatro de Jean Renoir producida para televisión en 1970.
Cosas que posiblemente no sabías de Jean Renoir
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