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Otto Preminger buscaba una cara nueva entre dieciocho mil aspirantes para interpretar a Juana de Arco. Eligió a una chica de Iowa de diecisiete años que no sabía nada de la industria ni de las humillaciones públicas. Aquella decisión en 1957 fue el inicio de una demolición personal televisada.
Durante el rodaje de Saint Joan sufrió quemaduras reales porque el fuego de la hoguera se descontroló. Pero el dolor físico no fue nada comparado con el desprecio de la crítica neoyorquina que la destrozó sin piedad. Preminger la obligó a rodar Bonjour Tristesse un año después en la Riviera francesa y allí cambió su suerte.
Nadie la protegió.
Francia vio en ella algo que Hollywood ignoraba por completo. Jean Seberg tenía una mirada que mezclaba la inocencia del Medio Oeste con una melancolía europea muy difícil de impostar. Y esa vulnerabilidad fue lo que atrajo a los directores que estaban a punto de romper todas las reglas del cine.
En 1960 Jean Seberg se paseó por los Campos Elíseos vendiendo el New York Herald Tribune en À bout de souffle. Llevaba el pelo corto y una camiseta con el logo del periódico que redefinió la estética femenina de toda una década. Jean-Luc Godard la filmó con una libertad absoluta mientras ella improvisaba diálogos y miraba a cámara.
Pero ella nunca se sintió parte de ese mundo de intelectuales y humo de cigarrillo. Se sentía una extraña en París y una traidora en Estados Unidos. Así que empezó a buscar un propósito que fuera más allá de los guiones mediocres que le ofrecían en su país de origen.
Y la apuesta funcionó.
En 1964 protagonizó Lilith junto a Warren Beatty. Fue su mejor interpretación porque en ese papel de paciente psiquiátrica volcó toda la inestabilidad que ya empezaba a notar en su propia vida. Los grandes estudios volvieron a llamarla para superproducciones como Paint Your Wagon en 1969 pero su mente ya estaba en otro lugar.
Jean Seberg decidió usar su dinero y su fama para apoyar causas que el gobierno estadounidense consideraba peligrosas. Financió al Partido Pantera Negra y se involucró en la lucha por los derechos civiles de los nativos americanos. Aquello la puso en el punto de mira de J. Edgar Hoover.
El FBI inició una campaña de difamación sistemática para hundir su carrera y su salud mental. En 1970 filtraron a la prensa que el hijo que esperaba no era de su marido sino de un activista negro. El estrés provocado por el acoso causó un parto prematuro y la niña murió a los dos días de nacer.
Jean Seberg enterró a su hija en un ataúd de cristal para que todo el mundo viera que era blanca.
A partir de ese trauma los ingresos en clínicas psiquiátricas fueron constantes. Intentó suicidarse cada año en el aniversario de la muerte de su hija mientras seguía rodando películas menores en Europa. En 1974 participó en Les Hautes Solitudes de Philippe Garrel donde apenas hay diálogos y solo se ve su rostro devastado.
Su cuerpo apareció en el asiento trasero de su Renault blanco en una calle de París en septiembre de 1979. Llevaba desaparecida diez días y junto a ella había una nota de despedida y un frasco de barbitúricos. La policía francesa determinó que el nivel de alcohol en su sangre era de ocho gramos por litro en el momento de su fallecimiento.
Cosas que posiblemente no sabías de Jean Seberg




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