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Jeanne Moreau camina por las calles de París de noche mientras suena el jazz de Miles Davis. No hay maquillaje ni focos artificiales que suavicen sus ojeras. En 1958 esa imagen en Ascensor para el cadalso rompió la estética de las divas intocables del cine francés.
Hija de una bailarina inglesa y un hostelero francés, Moreau nunca buscó el beneplácito del espectador. Entró en la Comédie-Française con veinte años pero el teatro se le quedó pequeño ante la libertad que prometían los jóvenes directores de la época.
Y entonces llegó François Truffaut.
En Jules y Jim (1962) se convirtió en el centro de un triángulo amoroso que desafiaba la moral burguesa. Su risa en el puente y su forma de cantar Le Tourbillon de la vie son documentos de una Francia que quería dejar atrás la posguerra. Fue la primera actriz en mostrar un deseo sexual activo sin pedir perdón por ello.
Orson Welles dijo que era la mejor actriz del mundo. Trabajó con él en El proceso (1962) y en Campanadas a medianoche (1965), donde demostró que su presencia física pesaba más que cualquier diálogo.
Pero Moreau no quería ser una estrella de estudio. Rechazó contratos millonarios en Estados Unidos porque prefería rodar en Europa con directores que la trataran como a una creadora. Así acabó bajo las órdenes de Michelangelo Antonioni en La noche (1961) o de Luis Buñuel en Diario de una camarera (1964).
Cobró menos de la mitad de su caché habitual para poder trabajar con autores que le permitieran fumar en pantalla sin parecer una pecadora. Porque para ella el cine era una cuestión de pensamiento y no de belleza estática.
Era una mujer de mando.
A mediados de los años setenta decidió que actuar no era suficiente. Dirigió Lumière en 1976 para explorar la amistad entre mujeres artistas, un tema que apenas interesaba a la industria masculina de entonces. La película no fue un éxito de masas pero estableció su autonomía total.
En 1979 repitió en la dirección con L’Adolescente, un relato sobre el despertar sexual en la Francia rural de 1939. No tuvo el apoyo de la crítica comercial pero ella mantuvo el control creativo de cada plano hasta el montaje final.
Su voz rota era su mejor herramienta. Grabó varios discos y su interpretación de poemas de autores clásicos vendió miles de copias en Francia durante la década de los sesenta. Así que cuando el cine empezó a ofrecerle papeles secundarios, ella se refugió en la música y en la lectura.
Siguió trabajando hasta que el cuerpo le dijo basta. En 1992 ganó el León de Oro en Venecia por toda su trayectoria y en 1995 recibió un homenaje similar en los premios César.
Y la apuesta por el riesgo funcionó.
Participó en El tiempo que queda (2005) de François Ozon y su última aparición en la gran pantalla fue en Le talent de mes amis en 2015. Nunca dejó de leer guiones ni de interesarse por los nuevos realizadores que llegaban a París con cámaras ligeras.
Murió el 31 de julio de 2017 en su apartamento de la calle Faubourg Saint-Honoré de París. Tenía 89 años y su asistenta encontró el cuerpo a las siete y media de la mañana.
Cosas que posiblemente no sabías de Jeanne Moreau




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