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Jiro Manio tenía nueve años cuando Maryo J. de los Reyes decidió que él sería el rostro de Magnifico. En aquel casting de Manila no buscaban a una estrella infantil al uso sino a alguien capaz de entender la muerte sin haberla vivido.
En 2003 la película llegó a los cines y el impacto fue seco. Manio interpretaba a un niño que construía el ataúd para su abuela enferma. Aquella actuación le valió el Oso de Cristal en Berlín y el reconocimiento de la crítica internacional.
Fue el actor más joven de la historia en ganar el premio Gawad Urian.
Aquel éxito temprano no fue gratuito. Porque la industria del cine en Filipinas suele devorar a sus prodigios con una velocidad alarmante. Y Manio no fue la excepción a pesar de su talento natural para el drama social.
En 2007 trabajó bajo las órdenes de Brillante Mendoza en Foster Child. Su capacidad para mimetizarse con entornos de pobreza extrema lo mantuvo en la cima técnica del sector durante un lustro. Pero la estabilidad personal empezaba a resquebrajarse fuera de los sets de rodaje.
La realidad superó a la ficción de la forma más cruda posible. En 2015 un guardia de seguridad encontró a Manio deambulando por el Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino. Llevaba cuatro días viviendo allí (sin dinero y con la ropa sucia).
No recordaba quién era ni por qué la gente quería hacerse fotos con él. Las imágenes de la antigua estrella descalza entre las terminales dieron la vuelta al mundo. El sistema le había soltado la mano mucho antes de aquel incidente.
La actriz Ai-Ai delas Alas asumió los costes de su rehabilitación en 2016. Fue un proceso lento y fragmentado por las recaídas en el consumo de sustancias. Así que el cine pasó a ser un recuerdo borroso mientras él intentaba reconstruir su identidad básica.
La industria le dio la espalda de forma silenciosa.
En 2020 inició una etapa como voluntario en un centro de tratamiento de adicciones. Intentaba canalizar su experiencia para ayudar a otros jóvenes que habían pasado por el mismo proceso de autodestrucción. Pero los problemas económicos nunca terminaron de desaparecer del todo.
En enero de 2024 el actor tomó una decisión que dolió a los nostálgicos del cine asiático. Vendió su trofeo Gawad Urian al coleccionista Boss Toyo por 75.000 pesos filipinos. Necesitaba el efectivo para cubrir gastos diarios y deudas acumuladas.
El prestigio no se come.
La transacción se grabó para un programa de YouTube y mostró a un hombre de 31 años que hablaba de su pasado como si le hubiera ocurrido a otra persona. No hubo rastro de amargura en sus palabras durante la negociación del precio.
Actualmente mantiene su residencia en la provincia de Bataan alejado de los focos de Manila. Su última aparición técnica en una ficha de producción consta en un registro de archivo local por una colaboración menor en televisión. El contrato de compraventa del trofeo se firmó el 2 de enero de 2024.
Cosas que posiblemente no sabías de Jiro Manio
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