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Joan Plowright no necesitó la sombra de su segundo marido para llenar el patio de butacas del Royal Court en 1956. Aquel año interpretó a la joven protagonista de The Country Wife y dejó claro que su formación en la Bristol Old Vic Theatre School no era un adorno. La crítica británica detectó una naturalidad que chocaba de frente con la pomposidad interpretativa de la época.
Pero su verdadero salto ocurrió cuando George Bernard Shaw puso los ojos en su capacidad dramática para las tablas.
A menudo se analiza su carrera como un apéndice de la de Laurence Olivier. Es un error de bulto. Antes de su boda en 1961 ella ya era una fuerza de la naturaleza en el teatro independiente y comercial. Trabajó bajo las órdenes de Orson Welles en una adaptación de Moby Dick y demostró que podía sostener el peso de producciones masivas sin pestañear.
En el montaje original de The Entertainer la dinámica entre Plowright y Olivier cambió las reglas del juego interpretativo en el Reino Unido. Aquella obra fue el germen de una nueva forma de entender el realismo británico.
Hollywood llamó a su puerta de forma insistente cuando ya había cumplido los sesenta años. Durante la década de los noventa se especializó en figuras maternales que escondían una ironía afilada tras una apariencia inofensiva. En 101 Dalmatians (1996) o Tea with Mussolini (1999) robaba escenas a base de silencios y una economía de gestos envidiable.
Porque Plowright siempre entendió que el cine es un juego de contención.
En 1992 logró algo que pocos actores extranjeros consiguen en la industria estadounidense. Ganó dos Globos de Oro en la misma noche por trabajos tan opuestos como Stalin y Enchanted April. Ese doblete confirmó que su registro técnico no tenía fisuras. Fue nominada al Oscar por esta última película pero el premio de la Academia se le escapó en favor de Marisa Tomei.
La industria la respetaba por su capacidad para elevar guiones mediocres. Nunca se quejó de los papeles de abuela entrañable porque sabía que en los detalles pequeños residía la verdadera autoridad actoral.
La visión empezó a fallarle de forma severa a principios de la década de 2010. En 2014 anunció su retirada definitiva de los escenarios y los platós debido a una degeneración macular que le impedía leer los libretos. No hubo giras de despedida pomposas ni comunicados cargados de nostalgia barata.
Y la decisión fue irrevocable.
En 2018 participó en el documental Nothing Like a Dame junto a sus amigas Judi Dench, Maggie Smith y Eileen Atkins. Allí se mostró lúcida y mordaz mientras recordaba sus años de formación entre tazas de té y anécdotas sobre la precariedad de la posguerra. En esa cinta se percibe a una mujer que aceptó el paso del tiempo con una dignidad casi técnica.
El registro oficial de su actividad profesional se detiene con un total de 31 premios internacionales acumulados durante seis décadas de trabajo ininterrumpido. El archivo de la National Theatre Live conserva sus últimas grandes intervenciones para la posteridad.
Cosas que posiblemente no sabías de Joan Plowright




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