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Robert Mulligan no buscaba a un actor infantil convencional cuando preparaba el rodaje de Matar a un ruiseñor en 1962. Necesitaba a alguien capaz de encarnar a Dill, ese niño forastero inspirado directamente en la infancia de Truman Capote. John Megna consiguió el papel porque proyectaba una mezcla extraña de fragilidad y picardía que pocos adultos lograban imitar.
Aquel rodaje en los estudios de Universal definió su imagen pública para siempre. Tenía apenas nueve años y ya compartía escenas con Gregory Peck sin pestañear. Pero la fama temprana suele ser un préstamo con intereses demasiado altos para un niño nacido en Brooklyn.
Fue el inicio de una trayectoria corta y singular.
Antes de llegar a Hollywood ya sabía lo que era pisar las tablas en Nueva York. En 1960 participó en la obra All the Way Home y ganó el reconocimiento de la crítica teatral de Broadway. Su hermana Connie Stevens ya era una estrella, así que el negocio del espectáculo no le resultaba ajeno en absoluto.
Y entonces llegó la televisión para explotar su rostro menudo. En 1966 apareció en el episodio Miri de la serie Star Trek, interpretando a uno de esos niños que sobrevivían en un planeta sin adultos. Fue una de sus apariciones más recordadas fuera del cine clásico porque su mirada inquietante encajaba con la atmósfera de la ciencia ficción.
La industria lo encasilló rápido en papeles de niño peculiar o ligeramente perturbado. Participó en Hush… Hush, Sweet Charlotte en 1964 junto a Bette Davis y demostró que podía aguantar el pulso a las leyendas de la época dorada. Su sueldo en aquellos años ayudó a sostener a su familia mientras otros niños de su edad simplemente jugaban al béisbol.
Pero el crecimiento físico es el peor enemigo de un niño actor.
A mediados de los años 70 su presencia en pantalla empezó a diluirse de forma inevitable. Actuó en El chico de la burbuja de plástico en 1976, compartiendo reparto con un joven John Travolta. Aquella fue una de sus últimas incursiones de peso antes de decidir que el cine no sería su destino definitivo.
Megna no se hundió en el olvido traumático que devora a otros juguetes rotos de la industria. Estudió en la Universidad Cornell y decidió que su lugar estaba en la educación. Pasó gran parte de su vida adulta enseñando lengua e historia en institutos de Los Ángeles, lejos de los focos y las alfombras rojas.
Sus alumnos a veces descubrían su pasado al ver reposiciones de televisión por la noche. Pero él prefería hablar de literatura que de sus días en los sets de rodaje. Así que su transición hacia la vida civil fue mucho más pragmática y menos escandalosa de lo que la prensa de la época solía publicar.
Y la apuesta funcionó.
Murió el 4 de septiembre de 1995 en el hospital Cedars-Sinai de Los Ángeles. Tenía 42 años y sufrió complicaciones derivadas del sida durante una etapa especialmente dura de la epidemia en California. Su certificado de defunción cerró una biografía que empezó entre focos y terminó en la discreción de un aula de secundaria.
Cosas que posiblemente no sabías de John Megna
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