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Josh Groban llegó a los ensayos de los Grammy en 1999 con el pánico de un adolescente que todavía no sabe qué hacer con su voz. David Foster lo llamó para cubrir el hueco de Andrea Bocelli en un dueto con Celine Dion. Tenía 17 años.
Al principio Groban se negó a salir al escenario por puro terror. Pero Foster insistió y esa tarde terminó con una ovación cerrada del equipo técnico. Aquel ensayo rompió sus planes de estudiar teatro musical en la Universidad Carnegie Mellon.
La industria acababa de encontrar una mina de oro.
Su primer álbum homónimo salió a la venta en 2001 y alcanzó el doble platino en apenas unos meses. La crítica no sabía dónde meterlo (demasiado joven para la ópera y demasiado clásico para el pop de la época). Esa ambigüedad fue precisamente la que le permitió vender más de 25 millones de discos en la siguiente década.
Su registro de barítono no encajaba en las radios de finales de los noventa.
En 2003 el lanzamiento de Closer confirmó que su éxito no era un accidente de marketing. El disco despachó 375.000 copias en su primera semana y se mantuvo en los primeros puestos de la lista Billboard durante meses. Y lo hizo sin seguir las modas de la producción sintética que dominaba el cambio de siglo.
Groban siempre quiso actuar. En 2001 apareció en la serie Ally McBeal interpretando a un joven abandonado en su baile de graduación. El papel fue breve pero la reacción del público obligó a los guionistas a escribir un segundo episodio para él.
Pero su verdadera prueba de fuego no estaba en la televisión. En 2016 aceptó el papel protagonista en Natasha, Pierre & The Great Comet of 1812. Tuvo que aprender a tocar el acordeón y el piano en directo mientras sostenía una trama densa basada en Tolstói.
Broadway fue el refugio lógico.
Aquella interpretación le valió una nominación al Tony y cambió la percepción que los directores de casting tenían sobre él. Ya no era solo el chico que cantaba baladas sentimentales. Era un actor capaz de aguantar el peso de una producción de gran formato durante ocho funciones semanales.
En 2018 Netflix lo fichó para protagonizar The Good Cop junto a Tony Danza. La serie duró solo una temporada pero sirvió para ver a un Groban más seco y contenido. Porque su humor siempre ha sido una herramienta infrautilizada en su faceta pública.
Groban ha gestionado sus tiempos de forma estricta para evitar el desgaste vocal. En 2023 regresó a Broadway para liderar el reestreno de Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street. La exigencia del papel de Stephen Sondheim es una de las más altas del repertorio anglosajón.
Y la apuesta funcionó en taquilla.
La producción de 2023 recaudó más de un millón de dólares semanales de forma constante. Groban interpretó al barbero asesino con una mezcla de rabia y precisión técnica que se alejaba de sus trabajos más amables. Fue una decisión de riesgo que lo alejó de los estudios de grabación durante más de un año.
En la puesta en escena de Sweeney Todd de 2023 el presupuesto de orquestación permitió contar con 26 músicos en el foso del Lunt-Fontanne Theatre.
Cosas que posiblemente no sabías de Josh Groban




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