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Lee Richardson tenía una voz que pesaba. No necesitaba gritar para que el espectador sintiera que algo importante estaba pasando en pantalla. En 1985 interpretó a Dominic Prizzi en El honor de los Prizzi y ahí quedó claro que su sitio estaba entre los grandes secundarios de Hollywood.
Antes de rodar con John Huston ayudó a fundar el Guthrie Theater en Minneapolis durante 1963. Aquello no fue un proyecto menor. Richardson buscaba un espacio donde el texto mandara sobre el espectáculo y pasó años puliendo un estilo sobrio que luego trasladaría a la televisión neoyorquina.
El teatro fue su verdadera escuela.
Pero el cine no llamó a su puerta de forma masiva hasta que ya peinaba canas. En 1981 participó en El príncipe de la ciudad bajo las órdenes de Sidney Lumet. Aquel rodaje exigía un realismo sucio que Richardson manejaba con una naturalidad pasmosa. No buscaba el aplauso fácil ni el primer plano constante.
Aceptaba papeles de hombres poderosos que escondían secretos turbios. En 1990 encarnó al rector de la universidad en El exorcista III. Su interpretación fue tan contenida que lograba inquietar más que los propios efectos especiales de la cinta.
Y la apuesta funcionó.
Durante la década de los ochenta su rostro se volvió habitual en producciones que hoy son de culto. En 1989 rodó La mosca II donde interpretaba a Anton Bartok. Aunque la película no alcanzó el nivel de la original de Cronenberg el trabajo de Richardson como villano corporativo salvó muchas escenas del desastre.
Porque Richardson entendía que su oficio consistía en servir a la historia. En 1959 ya había recibido una nominación al Tony por su papel en The Legend of Lizzie. Aquel reconocimiento temprano le permitió elegir sus proyectos con una libertad que pocos actores de su generación pudieron permitirse.
Nunca quiso ser una estrella.
Trabajó hasta que el cuerpo aguantó. En 1990 apareció en El misterio Von Bülow junto a Jeremy Irons. Su capacidad para mimetizarse con el entorno hacía que muchos directores de casting lo tuvieran siempre en su lista de prioridades para personajes de clase alta o jueces severos.
En 1991 participó en Pasión sin barreras y volvió a demostrar que no existía papel pequeño. Su presencia física llenaba el encuadre sin esfuerzo. Así que se mantuvo activo encadenando colaboraciones en series de televisión y películas independientes hasta finales de la década.
Lee Richardson murió en Nueva York el 2 de octubre de 1999 a causa de un fallo cardíaco. Tenía 73 años. Su último crédito registrado fue la película A Stranger in the Kingdom rodada en 1997. La industria despidió a un actor que sumó más de ochenta créditos entre cine y televisión sin necesidad de portadas de revista.
Cosas que posiblemente no sabías de Lee Richardson




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