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Linda Miller aterrizó en Tokio en 1967 para rodar una de las películas más extrañas de la década. No sabía que King Kong Escapes terminaría siendo un título de culto para los amantes del género kaiju pero ella buscaba algo más que gritar frente a un hombre disfrazado de gorila.
Hija de Jackie Gleason, la sombra de su padre proyectaba una oscuridad difícil de esquivar en el Nueva York de los años sesenta. La prensa de la época prefería preguntar por el humorista antes que por los planes de una actriz que intentaba labrarse un nombre propio en producciones europeas y asiáticas.
Y la apuesta funcionó a medias.
En 1966 participó en The Sea Pirate, una coproducción que la llevó por medio mundo antes de cumplir los veinticinco años. Pero el cine comercial de gran presupuesto no terminaba de encajar con su visión del oficio. Porque para Miller la interpretación era una herramienta de búsqueda personal y no solo un modo de ganar dinero rápido.
La industria nunca supo qué hacer con ella.
Tras su etapa en Japón regresó a Estados Unidos para formar parte de uno de los hitos del terror independiente. En 1976 rodó Alice, Sweet Alice, una cinta que con el paso de las décadas ganó un prestigio crítico que no tuvo en su estreno original. En esta película Miller demostró que podía sostener el peso dramático de una historia turbia y alejada de los focos de las grandes productoras.
Su matrimonio con Jason Miller, el dramaturgo y actor de The Exorcist, la mantuvo conectada a la élite creativa de la costa este. Durante esos años su prioridad cambió drásticamente. El nacimiento de su hijo Jason Patric en 1966 ya había marcado un punto de inflexión en su disponibilidad para rodajes largos en el extranjero.
Pero el cine seguía ahí.
A finales de los setenta decidió alejarse de la primera línea para centrarse en proyectos mucho más selectos y en su vida privada. No hubo grandes comunicados ni despedidas dramáticas. Simplemente dejó de aparecer en los listados de casting de las agencias de Manhattan.
En 2014 participó de forma activa en el documental The Great One para analizar la figura de su padre desde una perspectiva humana y técnica. Fue una de las pocas veces que permitió que las cámaras entraran en su espacio personal para hablar del pasado sin nostalgia barata.
Su influencia en la carrera de su hijo Jason Patric es un hecho que los historiadores de cine suelen pasar por alto. Fue ella quien gestionó los primeros contactos y la que entendía los mecanismos internos de una industria que suele devorar a los hijos de las estrellas.
En 1980 se divorció de Jason Miller tras una década de altibajos personales y profesionales. A partir de ese momento sus apariciones públicas se redujeron al mínimo y prefirió mantener un perfil bajo en sus residencias de la costa este.
La producción de King Kong Escapes en la que participó Miller tuvo un presupuesto final de 150 millones de yenes.
Cosas que posiblemente no sabías de Linda Miller




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