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Lionel Jeffries no engañaba a nadie. Perdió el pelo en Birmania durante la Segunda Guerra Mundial y aquello, que para otros habría sido un drama estético, fue su pasaporte al éxito como secundario de lujo. Antes de cumplir los treinta ya interpretaba a hombres que le doblaban la edad (algo que se convirtió en la norma de su carrera).
En 1968 rodó Chitty Chitty Bang Bang interpretando al abuelo de Dick Van Dyke. Lo curioso es que Jeffries era en realidad seis meses más joven que el protagonista. Pero su calvicie prematura y ese bigote de oficial británico le daban una autoridad cómica que el cine de la época explotó sin descanso.
Y eso le dio de comer durante décadas.
Apareció en películas como Los primeros en la Luna en 1964 o El experimento del doctor Quatermass en 1955. Siempre estaba ahí, en una esquina del plano, robando escenas con una mirada de sorpresa o un grito destemplado. Jeffries entendía que su físico dictaba su sueldo y nunca peleó contra esa realidad.
A finales de la década de los sesenta decidió que actuar no era suficiente. Compró los derechos de una novela de Edith Nesbit por muy poco dinero porque nadie creía que una historia victoriana sobre trenes pudiera interesar al público moderno. Escribió el guion y se puso tras la cámara.
En 1970 estrenó Los chicos del ferrocarril. Fue un fenómeno absoluto en el Reino Unido.
La película costó menos de quinientas mil libras y terminó recaudando millones, situándose como una de las cintas más queridas de la historia del cine británico. Logró tres nominaciones a los premios BAFTA incluyendo una para la joven Jenny Agutter. Jeffries demostró que tenía una sensibilidad especial para dirigir a niños sin caer en la cursilería barata que inundaba Hollywood.
Nadie esperaba que un actor de carácter tuviera esa sensibilidad detrás del objetivo.
Repitió la fórmula en 1972 con The Amazing Mr. Blunden. Era una historia de fantasmas y viajes en el tiempo que mantenía ese tono familiar pero respetuoso con la inteligencia del espectador. Jeffries se alejaba de los efectos visuales complejos para centrarse en la atmósfera y en los diálogos directos.
Pero el mercado cambió rápido. En 1978 intentó una producción mucho más ambiciosa titulada Los niños del agua. Fue una mezcla de imagen real y animación que resultó ser un proceso tortuoso para el director. La técnica de rodaje era rudimentaria y los retrasos en la postproducción agotaron la paciencia de los inversores.
El presupuesto se disparó por los efectos especiales.
A partir de ahí sus oportunidades como director se secaron. Rodó su última película detrás de las cámaras en 1972, aunque siguió vinculado al medio a través de la televisión y el doblaje. Su voz profunda y rasgada le permitió trabajar en numerosas producciones animadas durante los años ochenta y noventa.
En sus últimos años sufrió una salud delicada que lo alejó definitivamente de los platós. Pasó sus días finales en una residencia de Poole, en Dorset. Murió el 19 de febrero de 2010 a los ochenta y tres años debido a complicaciones de una enfermedad crónica. Su última aparición acreditada en pantalla fue en un episodio de la serie Casualty emitido en 2001.
Cosas que posiblemente no sabías de Lionel Jeffries




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