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Marina Vlady no nació para ser una estrella secundaria. Hija de inmigrantes rusos en Francia, empezó a trabajar en el cine con diez años porque en su casa el arte era una cuestión de supervivencia pura. Sus tres hermanas también eran actrices pero ella tenía esa mirada gélida que los directores de los cincuenta buscaban para sus dramas europeos.
En 1949 debutó en Orage d’été.
Su carrera despegó de verdad cuando se alejó de la imagen de ingenua. En 1956 protagonizó La sorcière y media Europa se obsesionó con su presencia física en la pantalla. No era solo belleza porque Vlady proyectaba una madurez que no encajaba con su edad cronológica. Los contratos empezaron a llegar desde Italia y Francia de forma simultánea.
En 1963 ganó el premio a la mejor interpretación femenina en Cannes por su papel en Una storia moderna: l’ape regina. Marco Ferreri la dirigió en esta sátira feroz sobre el matrimonio y el deseo. El jurado decidió el premio por unanimidad tras ver su capacidad para sostener el peso de una comedia tan negra.
Jean-Luc Godard la quería para À bout de souffle pero ella le dijo que no. Fue una decisión arriesgada que pocos entendieron en aquel París efervescente de la Nouvelle Vague. Pero terminaron trabajando juntos en 1967 para 2 ou 3 choses que je sais d’elle.
Fue el rodaje más frío de su vida.
Godard le daba las líneas por un pinganillo durante las tomas. Vlady cobró un sueldo considerable por aquel trabajo que hoy se estudia en las facultades de cine de todo el mundo. El resultado fue una obra despojada de artificios donde ella miraba a cámara con una honestidad que incomodaba al espectador.
Y la apuesta funcionó.
Pero el cine de autor no era su único refugio. Trabajó con Orson Welles en Campanadas a medianoche en 1965 y se adaptó al ritmo caótico del director americano. Vlady entendía el cine como un oficio técnico y no como una mística religiosa. Así que saltaba de grandes producciones a proyectos experimentales sin pestañear.
Su vida cambió cuando viajó a Moscú en 1967. Allí conoció a Vladimir Vysotsky que era el bardo más famoso de la Unión Soviética y un poeta maldito para el régimen. Se casaron en 1970 y durante una década ella vivió a caballo entre dos mundos opuestos. Ella era la estrella occidental que traía vaqueros y discos prohibidos a la URSS.
Vysotsky murió en 1980 por un fallo cardíaco.
Vlady escribió Vladimir ou le Vol arrêté en 1987 para contar esa historia de amor autodestructiva. El libro vendió millones de ejemplares y se tradujo a numerosos idiomas. Pero el cine empezó a olvidarla poco a poco mientras ella se refugiaba en el teatro y en la literatura de forma casi obsesiva. Porque la escritura le permitía controlar el relato de su propia vida.
En 2011 apareció en Quelques jours de répit interpretando a una mujer que ayuda a dos homosexuales iraníes. Fue una producción pequeña rodada con un presupuesto ajustado en los alrededores de Annecy. En 2018 participó en el documental C’était écrit sobre la historia del cine francés. La actriz reside en un apartamento de París tras vender su casa de campo en 2015 para simplificar su ritmo de vida.
Cosas que posiblemente no sabías de Marina Vlady




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