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Mario Brega no estudió en ninguna academia de interpretación. Antes de ponerse delante de una cámara pasaba las mañanas descuartizando reses en un mercado del barrio del Trastevere. Tenía un físico imponente y una mirada que transmitía una violencia natural difícil de fingir. Sergio Leone lo descubrió allí mismo y decidió que ese hombre de manos enormes debía estar en sus películas.
Leone no buscaba talento sino verdad.
En 1964 el director lo llevó a España para rodar Por un puñado de dólares. Brega interpretaba a Chico, un matón que no necesitaba hablar demasiado para imponer respeto. El actor no sabía nada de técnica cinematográfica pero entendía perfectamente cómo ocupar el espacio. Durante el rodaje en Almería su presencia física ayudó a definir la estética ruda del western europeo.
Pero su relación con Leone fue mucho más allá de un simple papel secundario. En 1965 repitió en La muerte tenía un precio encarnando a El Niño. Cobraba por su capacidad para intimidar y por aguantar el tipo frente a estrellas como Clint Eastwood. Brega funcionaba como el contrapunto perfecto a la elegancia del pistolero americano.
Porque su cara era el mapa de la Italia de posguerra.
Muchos actores de su generación desaparecieron cuando el género de vaqueros perdió fuerza en taquilla. Mario Brega sobrevivió gracias a su capacidad para reírse de su propia dureza. En 1980 Carlo Verdone lo rescató para Un sacco bello y le dio un papel que cambió su imagen pública para siempre. Interpretó al padre de un joven hippie en una escena que todavía se estudia en las escuelas de cine italianas.
En esa película soltó frases sobre sus puños de hierro que pasaron directamente al habla popular. Y lo hizo con una naturalidad que solo alguien que ha trabajado en un mercado puede tener. El público conectó con su autenticidad y el carnicero pasó a ser un actor de culto para una nueva generación. Ya no era solo el villano que moría a manos de Eastwood sino el padre gruñón que todos reconocían en su vecindario.
La carne y el cine eran lo mismo para él.
En 1982 trabajó en Borotalco bajo la dirección de Verdone una vez más. Su personaje de Augusto volvió a demostrar que el humor seco funcionaba mejor que cualquier chiste preparado. Brega no necesitaba guiones complejos porque su forma de hablar y sus gestos bruscos eran suficientes para llenar la pantalla. Su sueldo en aquella época reflejaba su estatus de actor secundario imprescindible en la industria transalpina.
Y así siguió trabajando de forma constante durante toda la década de los ochenta. Participó en producciones de bajo presupuesto y en grandes proyectos internacionales como Érase una vez en América en 1984. En esa película Leone le dio un papel pequeño pero significativo como Mandy. Fue su última colaboración con el director que lo sacó de la carnicería treinta años atrás.
Mario Brega murió en Roma el 23 de julio de 1994 debido a un infarto. Tenía 71 años y dejó una filmografía con más de setenta títulos registrados en los archivos de Cinecittà.
Cosas que posiblemente no sabías de Mario Brega




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