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Mathilda May llegó al set de Lifeforce en 1985 con apenas veinte años y una formación de bailarina clásica que definía cada uno de sus movimientos. Tobe Hooper buscaba una presencia alienígena que no necesitara palabras para incomodar al espectador.
Y lo consiguió.
Aquella aparición desnuda cruzando los pasillos de una base científica londinense la persiguió durante décadas. La prensa británica se obsesionó con su físico mientras ella intentaba que el mundo viera a la ganadora del primer premio de danza del Conservatorio de París.
Hija del dramaturgo Victor Haïm y de la coreógrafa Margareta Hanson creció en un ambiente donde el rigor artístico era la norma y no la excepción. Por eso su salto al cine no fue una búsqueda de fama sino una extensión de su trabajo corporal.
Claude Chabrol fue quien realmente entendió que tras esa mirada gélida había una actriz técnica y meticulosa. En 1987 rodaron Le Cri du hibou y la Academia francesa le entregó el César a la mejor actriz revelación.
Fue el momento en que su nombre dejó de estar ligado al cine de género para entrar en el circuito de autor europeo. Pero la industria francesa es caprichosa con sus figuras femeninas y los papeles de gran calado empezaron a escasear pronto.
Durante los años noventa alternó grandes producciones como The Jackal en 1997 junto a Bruce Willis con proyectos mucho más íntimos en su país natal. En el rodaje de Naked Tango en 1990 tuvo que aprender a bailar de forma profesional en tiempo récord para cumplir con las exigencias de Leonard Schrader.
Así que empezó a escribir.
El cambio de siglo trajo una falta de papeles interesantes en la gran pantalla que la obligó a replantearse su lugar en el oficio. Mathilda May no quería ser solo una cara en el cartel de películas que no le interesaban.
En 2014 estrenó Open Space (una obra de teatro sin palabras) donde recuperó su esencia coreográfica para narrar la alienación laboral. La pieza funcionó muy bien en la taquilla de París y demostró que su capacidad narrativa iba más allá de la interpretación convencional.
Repitió la fórmula en 2018 con Le Banquet. En esta producción coordinó a un elenco numeroso en una coreografía caótica que le valió el premio Molière a la mejor dirección.
Su actividad no se detiene en la dirección escénica.
En 2021 participó en la película Les Choses humaines bajo las órdenes de Yvan Attal. Es un drama judicial seco donde interpreta un papel secundario que resulta fundamental para entender el conflicto moral de la trama.
En 2024 continuó supervisando las giras de sus montajes teatrales por territorio francés y suizo. La producción de estas obras requiere un control absoluto sobre el diseño de sonido y la iluminación técnica.
El contrato de distribución de su última obra cerró con una cláusula de exclusividad para tres teatros nacionales franceses.
Cosas que posiblemente no sabías de Mathilda May
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