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En 1938 la familia Schell abandonó Viena en mitad de la noche. Huyeron hacia Zúrich con lo puesto justo antes de que las fronteras se cerraran por la anexión nazi. Ese viaje fue el arranque de un exilio que Maximilian Schell transformaría años después en una carrera obsesionada con la culpa, la memoria y la identidad europea.
No era el típico galán de la época. Tenía una mirada dura y una voz que proyectaba autoridad incluso cuando guardaba silencio. Porque entendía el cine como una extensión de la filosofía y no como un simple espectáculo de variedades.
Y el destino le guardaba un sitio en Hollywood.
En 1961 rodó ¿Vencedores o vencidos? bajo las órdenes de Stanley Kramer. Interpretaba a Hans Rolfe, el abogado defensor de los jueces nazis, un papel que ya había defendido en una versión televisiva tres años antes. Su interpretación fue tan agresiva y técnica que barrió de la pantalla a leyendas como Burt Lancaster o Spencer Tracy.
Ganó el Oscar al mejor actor protagonista ese mismo año. Fue el primer actor de habla alemana en lograrlo tras la Segunda Guerra Mundial. Aquel premio rompió un tabú cultural en Estados Unidos y le permitió elegir proyectos con una libertad casi insolente para un extranjero en California.
Pero Schell no se conformaba con actuar.
En 1970 decidió que contar historias ajenas no era suficiente y saltó a la dirección con Primer amor. Sus películas como director solían ser frías y analíticas. Le interesaba más el proceso mental de los personajes que el drama fácil de los guiones de estudio.
Su mayor reto técnico llegó en 1984 con el documental Marlene. Marlene Dietrich aceptó participar pero prohibió que se grabara su imagen. Schell tuvo que construir una película entera basándose solo en grabaciones de voz y material de archivo. El resultado fue una pieza de orfebrería narrativa que le valió una nominación al Oscar en la categoría de documentales.
A pesar de su prestigio intelectual nunca le hizo ascos al cine comercial. Participó en The Black Hole en 1979 y en Deep Impact en 1998. Su salario en las grandes producciones financiaba sus proyectos personales en el teatro y el cine independiente europeo.
Nunca dejó de trabajar.
Durante la década de los noventa se centró en personajes secundarios que aportaban gravedad a las tramas. En 1991 rodó El joven Catalina y en 1998 apareció en Vampiros de John Carpenter. No le importaba el género siempre que el personaje tuviera un conflicto interno que rascar.
En 2002 regresó a sus raíces con el documental Mi hermana Maria. Fue un retrato crudo sobre la decadencia y la relación con su hermana, la también actriz Maria Schell. La película evitaba el sentimentalismo y mostraba las asperezas de la vejez sin filtros decorativos.
En 2013 rodó su última película titulada Les Brigands. Falleció el 1 de febrero de 2014 en una clínica de Innsbruck tras sufrir una neumonía repentina a los 83 años.
Cosas que posiblemente no sabías de Maximilian Schell




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