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Margaret Hyra se cambió el nombre para que cupiera mejor en los carteles de los teatros. Estudiaba periodismo en la Universidad de Nueva York y empezó a actuar solo para pagarse las facturas de la facultad. En 1981 debutó en Ricas y famosas bajo la dirección de George Cukor. Nadie en aquel set podía imaginar que esa chica rubia terminaría facturando millones de dólares por cada gesto frente a la cámara.
Y la apuesta funcionó.
En 1989 rodó Cuando Harry encontró a Sally y su vida saltó por los aires. La escena del orgasmo fingido en el restaurante Katz no estaba en el guion original de esa forma tan explícita. Fue ella quien propuso la idea a Rob Reiner para demostrar que los hombres no tienen ni idea de lo que pasa por la cabeza de una mujer. Aquella secuencia le colgó el título de novia de América (una etiqueta que terminó siendo una jaula de oro muy difícil de abrir).
Durante la década de los noventa su nombre era sinónimo de rentabilidad absoluta. Formó una alianza imbatible con Tom Hanks en Algo para recordar en 1993 y repitió la fórmula en 1998 con Tienes un e-mail. Eran tiempos donde cobraba 15 millones de dólares por película y los estudios se peleaban por su agenda. Pero el público la quería siempre igual, siempre dulce y siempre previsible.
En 2003 decidió que ya estaba harta de ser la chica buena de la comedia romántica. Aceptó el papel protagonista en In the Cut, un thriller erótico dirigido por Jane Campion que incluía desnudos integrales y una atmósfera turbia. La crítica fue despiadada con ella. No le perdonaron que quisiera envejecer o que buscara personajes con aristas oscuras. Fue el inicio de una sequía profesional que duraría años.
Porque la industria de Hollywood castiga con dureza a las mujeres que se salen del carril asignado. Los tabloides dejaron de hablar de su talento para centrarse de forma obsesiva en sus retoques estéticos. Se convirtió en el blanco fácil de una prensa que no soportaba ver cómo el rostro de su estrella favorita cambiaba con el paso de las décadas.
Aquello fue un linchamiento mediático en toda regla.
Así que Meg Ryan se alejó de los focos de forma voluntaria. Se centró en la crianza de sus hijos y en buscar proyectos donde tuviera el control total de la narrativa. En 2015 se puso detrás de la cámara para dirigir Ithaca, una historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial donde también se reservó un pequeño papel. Fue una producción modesta que pasó sin hacer ruido por las salas comerciales.
Pero el cine seguía estando ahí. En 2023 escribió, dirigió y protagonizó Lo que sucede después, una cinta rodada casi íntegramente en un aeropuerto durante una tormenta de nieve. Compartió pantalla con David Duchovny en un ejercicio de nostalgia que buscaba recuperar el espíritu de los diálogos rápidos de sus inicios. La película se rodó en apenas 21 días con un equipo técnico reducido.
El proyecto nació de un guion que ella misma retocó durante el confinamiento global. Ya no buscaba el aplauso de las grandes masas ni las cifras de recaudación de los años noventa. En esta etapa prefiere la independencia de las productoras pequeñas y la tranquilidad de no tener que dar explicaciones sobre su vida privada en cada alfombra roja.
La cinta tuvo un presupuesto de 3 millones de dólares y se distribuyó de forma limitada en cines antes de pasar a plataformas digitales.
Cosas que posiblemente no sabías de Meg Ryan




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