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Demetrio Santagà era fontanero y no tenía dinero para pagar las clases de canto de su nieto.
A cambio de que los músicos locales de la Columbia Británica permitieran que el joven Michael subiera al escenario, el abuelo arreglaba tuberías y calderas gratis en los clubes. Aquel trueque de servicios fue la base real de una industria que años después movería millones de dólares. El chico no cantaba pop de radiofórmula. Cantaba temas que ya eran viejos cuando su padre nació.
Y funcionó.
Durante diez años recorrió cruceros, centros comerciales y hoteles de mala muerte donde el público apenas levantaba la vista del plato. En 2000 cantó en la boda de la hija del primer ministro canadiense Brian Mulroney. Allí estaba David Foster, el productor que había diseñado el sonido de Celine Dion y Whitney Houston. Foster no quería ficharlo porque pensaba que el mercado para los solistas de jazz clásico estaba muerto.
Foster exigió a Bublé que consiguiera medio millón de dólares para financiar su propio disco. No los tenía. Pero logró reunir una pequeña parte y el productor aceptó el reto tras ver cómo el joven dominaba el escenario con una seguridad impropia de un principiante. En 2003 publicó Michael Bublé y el mundo descubrió que la nostalgia era un producto rentable. El disco vendió más de cuatro millones de copias a nivel global sin necesidad de trucos electrónicos.
Su estilo evitaba la imitación barata de Frank Sinatra. Tenía una dicción perfecta y un fraseo que recordaba más a los cantantes de la era pre-rock que a sus contemporáneos. Porque Bublé entendió pronto que su público no buscaba la vanguardia sino el refugio.
Y la apuesta salió bien.
En 2005 lanzó It’s Time. Este álbum incluía Home, una balada que él mismo coescribió y que rompió la barrera de los puristas del género. La canción llegó al número uno en las listas de adultos contemporáneos. Así que demostró que podía generar material original con el mismo peso que los clásicos de Cole Porter.
La trayectoria parecía imparable hasta que la realidad frenó el motor de golpe. En noviembre de 2016 el cantante anunció que su hijo mayor, Noah, había sido diagnosticado de un cáncer de hígado. El mundo de la música desapareció para él en un segundo. Canceló todas sus apariciones, giras y grabaciones sin dar explicaciones adicionales.
Fue una retirada absoluta.
Regresó en 2018 con el álbum Love. La crítica notó un cambio en su voz, algo más quebrada y menos preocupada por la perfección técnica del estudio. En 2022 grabó Higher, un trabajo donde colaboró con Paul McCartney y exploró sonidos que rozaban el gospel y el soul más crudo. El disco debutó en el número uno en Reino Unido, confirmando que su base de seguidores era inmune al paso de las modas.
En 2024 publicó The Best of Bublé para recopilar dos décadas de grabaciones de estudio. La selección incluyó temas inéditos como Don’t Blame It on Me, grabados bajo una producción que buscaba recuperar el sonido de las grandes orquestas de los años cincuenta. La gira europea de ese mismo ciclo cerró con una recaudación bruta superior a los setenta millones de dólares por tramo.
El contrato de distribución con Warner Records se renovó por una cifra que la compañía nunca hizo pública.
Cosas que posiblemente no sabías de Michael Bublé
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