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Michel Legrand entró en el Conservatorio de París con diez años y salió de allí convencido de que la música académica era una jaula demasiado estrecha. En 1954 grabó I Love Paris, un disco de arreglos jazzísticos que vendió ocho millones de copias sin que nadie en la industria esperase tal volumen de negocio. Fue el primer aviso de que este músico francés no iba a respetar las fronteras entre los géneros populares y la formación clásica.
Su encuentro con el director Jacques Demy cambió la forma de entender el cine europeo. Antes de rodar Les Parapluies de Cherbourg en 1964 pasaron meses encerrados buscando una estructura donde cada palabra del guion fuera cantada. Los productores pensaban que aquel experimento sería un desastre financiero porque el público no aguantaría noventa minutos de diálogos melódicos.
Y la apuesta funcionó.
La película ganó la Palma de Oro en Cannes y Legrand se transformó en el arquitecto sonoro de la Nueva Ola. No buscaba acompañar las imágenes con hilos musicales de fondo. Quería que la partitura fuera un personaje con voz propia, capaz de asfixiar o liberar al espectador según el compás. Con Les Demoiselles de Rochefort en 1967 llevó el espíritu de Broadway a las calles de una ciudad portuaria francesa mediante orquestaciones complejas que mezclaban el jazz con el barroco.
No buscaba el aplauso fácil.
En 1968 aterrizó en Estados Unidos para trabajar en The Thomas Crown Affair. Steve McQueen no estaba convencido de la propuesta sonora inicial, pero Legrand compuso The Windmills of Your Mind y el estudio entendió que tenían un éxito entre manos. Aquella pieza le valió su primer Oscar de los tres que acumuló durante su estancia en Hollywood.
Durante los años setenta su ritmo de producción fue frenético. Firmó la banda sonora de Summer of ’42 en 1971 y más tarde la de Yentl en 1983, donde Barbra Streisand le exigió una precisión técnica absoluta. Legrand escribía siempre a mano y prescindía de ayudantes para orquestar cada instrumento, una costumbre que mantenía a sus copistas en un estado de tensión constante.
Pero el éxito en los grandes estudios no le alejó de su verdadera pasión por el piano. En sus giras mundiales solía decir que el jazz era su única libertad real porque le permitía escapar de la rigidez de las grabaciones de cine. A pesar de su edad seguía buscando proyectos que le obligaran a replantearse su estilo y su técnica frente al teclado.
En 2018 aceptó un reto póstumo.
Se encargó de componer y grabar la música de The Other Side of the Wind, la película inacabada de Orson Welles que Netflix rescató décadas después de su rodaje original. Legrand tuvo que imaginar qué habría querido Welles para ese montaje caótico y experimental. Fue uno de sus últimos grandes esfuerzos creativos antes de su muerte en enero de 2019.
Porque para él la música no era un adorno sino una necesidad física. Su catálogo final incluye más de doscientas bandas sonoras para cine y televisión. El funeral se celebró en la catedral ortodoxa de San Alejandro Nevski en París y sus restos descansan en el cementerio de Père Lachaise. La última cifra oficial de sus ventas globales supera los veinte millones de álbumes físicos.
Cosas que posiblemente no sabías de Michel Legrand




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