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Olivier de Funès nunca quiso ser el heredero universal de las muecas de su padre. Entró en el cine por una mezcla de inercia familiar y la insistencia de Louis, que veía en su hijo un contrapunto joven y equilibrado para sus explosiones de ira en pantalla. Entre 1965 y 1971 participó en seis películas que hoy funcionan como cápsulas del tiempo de la comedia francesa.
Su debut en Fantômas se déchaîne no fue una elección vocacional. Tenía apenas dieciséis años y una timidez que chocaba frontalmente con el torbellino que era su progenitor en el set de rodaje. Pero Louis de Funès era un hombre de clanes y quería tener a los suyos cerca mientras el éxito masivo empezaba a asfixiarlo.
Y el experimento funcionó durante un lustro.
En Le Grand Restaurant o Hibernatus quedó claro que Olivier poseía una fotogenia natural. Pero mientras el público veía en él a una futura estrella, el joven solo pensaba en la aviación. Rodaba por compromiso filial mientras estudiaba cartas de navegación en los descansos entre toma y toma.
En 1971 rodó Sur un arbre perché y decidió que aquel sería su último plano frente a una cámara. La industria francesa esperaba que Olivier tomara el relevo generacional de la comedia pero él tenía la mirada puesta en el cielo. Abandonó los focos de forma tajante para formarse como piloto profesional.
Fue una decisión ejecutada con una frialdad técnica que desconcertó a los agentes de la época. Consiguió entrar en Air France y allí desarrolló una trayectoria de tres décadas lejos de los estrenos de alfombra roja. Llegó a ser comandante de Airbus A320 mucho antes de que el mundo volviera a reclamar su presencia para hablar del pasado.
La aviación le dio la libertad que el cine le negaba.
En la cabina de un avión nadie esperaba que fuera gracioso ni que imitara los tics de su padre. Esa distancia física con la tierra le permitió reconciliarse con un apellido que en los años setenta pesaba demasiado en los bulevares de París.
Tras años de anonimato en las nubes regresó a la esfera pública por una cuestión de memoria pura. En 2005 publicó junto a su hermano Patrick la biografía Louis de Funès: Ne parlez pas trop de moi, les enfants ! para poner orden en el caos de anécdotas falsas que rodeaban a su padre. El libro vendió miles de ejemplares y sirvió para humanizar a un actor que en privado era un hombre austero y obsesivo con la botánica.
Y es que Olivier siempre prefirió la precisión de los instrumentos de vuelo a la incertidumbre del aplauso.
En 2013 participó activamente en la creación del primer museo dedicado a Louis de Funès en Le Cellier. El proyecto cerró sus puertas en 2016 por problemas logísticos y falta de subvenciones públicas, lo que supuso un golpe duro para la gestión del patrimonio familiar.
Pero no se dio por vencido con el legado.
Supervisó en 2019 los detalles técnicos de la gran exposición en la Cinémathèque Française de París. Su papel se limita ahora a proteger los derechos de imagen y asegurar que el nombre de la familia no se diluya en productos comerciales de baja calidad. En 2021 la cifra de visitantes al museo de Saint-Raphaël confirmó que el interés por su linaje sigue siendo un activo financiero estable en Francia.
Cosas que posiblemente no sabías de Olivier de Funès




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