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Paul Simon mide poco más de un metro sesenta pero su sombra en la composición norteamericana es inabarcable. En 1964 grabó Wednesday Morning, 3 AM y el disco fue un fracaso absoluto que lo mandó directo a los clubes de Inglaterra. No sabía que un productor iba a meter una base eléctrica a una de sus canciones acústicas a sus espaldas.
En 1970 decidió que el dúo más rentable del planeta ya no le servía para expresar lo que tenía en la cabeza. Cortó su relación profesional con Art Garfunkel en el pico de su fama porque necesitaba el control absoluto de la cinta de audio. Y el público tardó mucho en perdonárselo.
Se fue a Jamaica a grabar Mother and Child Reunion cuando casi nadie en Nueva York sabía lo que era el reggae. Fue uno de los primeros músicos blancos en entender que el ritmo no era solo un acompañamiento sino el motor de la canción.
La intuición le salvó la carrera.
En 1985 Simon estaba acabado para la crítica especializada. Su disco Hearts and Bones había vendido una miseria y su matrimonio con la actriz Carrie Fisher se había desintegrado. Entonces escuchó una cinta de cassette con música callejera sudafricana y decidió saltarse el boicot cultural de la ONU contra el apartheid.
Viajó a Sudáfrica sin permiso de los sindicatos de músicos. Trabajó con artistas locales en los estudios Ovation de Johannesburgo y grabó Graceland en 1986, un álbum que despachó más de 16 millones de copias. Pero la política casi lo devora por el camino.
Recibió amenazas de muerte y críticas feroces de organizaciones que lo acusaban de aprovecharse del talento ajeno. Pero él se limitó a decir que la música no entiende de fronteras ni de leyes gubernamentales. El resultado fue una mezcla de acordeones zulúes y letras sobre la clase media que nadie ha conseguido replicar.
Nunca volvió a mirar atrás.
A diferencia de otros artistas de su generación Paul Simon no ha intentado perseguir la eterna juventud con cirugías o duetos de moda. En 2018 anunció su retirada definitiva de los escenarios porque el cuerpo ya no le seguía el ritmo. Pero la composición seguía ahí, escondida en los sueños nocturnos.
En 2023 publicó Seven Psalms, una pieza de 33 minutos grabada casi en su totalidad con una guitarra acústica y voces tenues. El disco nació de una serie de visiones que tuvo mientras dormía y lo grabó mientras sufría una pérdida casi total de audición en su oído izquierdo.
No hay estribillos pegadizos ni ritmos bailables en ese trabajo. Es un hombre de más de ochenta años enfrentándose a la mortalidad sin adornos de producción ni trucos de ingeniería. Porque a estas alturas de la película ya no tiene que demostrar nada a nadie.
La industria ha cambiado tanto que en 2021 vendió todo su catálogo de canciones a Sony Music Publishing. La cifra de la operación se cerró en 250 millones de dólares.
Cosas que posiblemente no sabías de Paul Simon




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