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Paul Verhoeven contempló el bombardeo de La Haya cuando apenas era un niño de seis años. Aquella visión de cadáveres en las aceras y edificios reducidos a cenizas configuró su forma de entender la imagen cinematográfica. Nació en Ámsterdam en 1938. Nunca ha ocultado que el caos de la guerra es su principal fuente de inspiración estética.
Estudió matemáticas y física pero el cine se cruzó en su camino durante el servicio militar. Empezó rodando documentales para la marina holandesa. Allí aprendió que la cámara podía ser tan precisa como un bisturí. En 1969 saltó a la fama con la serie de televisión Floris. Fue el primer encuentro profesional con Rutger Hauer.
En 1973 estrenó Delicias turcas y el país entero se escandalizó. La película mostraba una sexualidad cruda y sin adornos que no se había visto en el cine comercial europeo. Pero el público respondió en masa. Consiguió atraer a más de tres millones de espectadores a los cines de los Países Bajos. Aquella cifra sigue siendo un récord imbatible para una producción local.
La provocación siempre fue un método de trabajo.
Antes de saltar a Hollywood rodó Soldado de Orange en 1977. Es un relato sobre la resistencia holandesa que huye del heroísmo barato. Verhoeven prefiere mostrar la ambigüedad y la traición. En 1983 filmó El cuarto hombre. Fue su última obra en Europa antes de cruzar el Atlántico para enfrentarse a la maquinaria de los grandes estudios.
Llegó a Estados Unidos con un inglés precario y muchas ganas de dinamitar el sistema desde dentro. En 1987 dirigió RoboCop. Los críticos de la época pensaron que era una simple película de acción para adolescentes. Pero bajo la armadura de metal había una sátira feroz contra la privatización de la seguridad y el consumismo de la era Reagan.
En 1990 contó con Arnold Schwarzenegger para Desafío total. Fue una de las producciones más caras de la historia hasta ese momento. El presupuesto alcanzó los 65 millones de dólares de la época. Verhoeven utilizó los efectos especiales para cuestionar la naturaleza de la realidad. Y la apuesta funcionó en taquilla.
Hollywood nunca llegó a entender el chiste.
En 1992 estrenó Instinto básico. Un cruce de piernas en una sala de interrogatorios paralizó al mundo entero. La película fue atacada por grupos feministas y colectivos LGTBI. Verhoeven se limitó a sonreír mientras la cinta recaudaba 350 millones de dólares. Pero el idilio con la industria estaba a punto de saltar por los aires.
En 1995 rodó Showgirls. La prensa la despedazó sin piedad y la película fue un desastre financiero absoluto. Ganó siete premios Razzie. Verhoeven fue el primer director que acudió a la gala para recoger los trofeos en persona. Aquel gesto de desprecio hacia sus críticos definió su personalidad pública para siempre.
En 1997 intentó otra maniobra de infiltración con Starship Troopers. El público estadounidense volvió a fallar en la lectura del subtexto. Vieron una película de bichos espaciales donde el director estaba parodiando el cine de propaganda nazi. Aquel malentendido fue el principio del fin de su etapa americana. En el año 2000 cerró ese ciclo con El hombre sin sombra.
Regresó a su país natal para rodar El libro negro en 2006. Fue una vuelta a la temática de la Segunda Guerra Mundial con una mirada mucho más amarga. La película demostró que su capacidad para generar tensión seguía intacta. Pero el verdadero estruendo llegó diez años después en Francia.
En 2016 estrenó Elle con Isabelle Huppert como protagonista. La historia de una mujer que persigue a su violador rompió todos los esquemas del thriller convencional. Ganó el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa. Verhoeven había recuperado el favor de la crítica internacional sin renunciar a su violencia característica.
El sexo y la religión son la misma cosa.
En 2021 presentó Benedetta en el Festival de Cannes. Es un relato basado en hechos reales sobre una monja lesbiana en la Italia del siglo XVII. La película provocó protestas de grupos católicos en las puertas de los cines. Pero a sus más de ochenta años el director ya no buscaba la aprobación de nadie.
La producción de Benedetta contó con un presupuesto de 21 millones de euros y se rodó principalmente en la Abadía de Silvacane en Francia. Terminó su recorrido comercial con una recaudación global de 4,4 millones de dólares. Verhoeven mantiene su residencia en Los Ángeles mientras desarrolla nuevos guiones centrados en la figura de Jesucristo. Su libro de investigación sobre el tema tiene 288 páginas.
Cosas que posiblemente no sabías de Paul Verhoeven




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