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Peter Sellers solía decir que no tenía personalidad propia porque la había volcado toda en sus personajes. No era una frase hecha para ganar simpatía en las entrevistas. Era un diagnóstico médico encubierto.
Sellers era un hombre vacío que solo se llenaba con el guion de otro.
En 1951 empezó a reventar los audímetros de la BBC con The Goon Show. Allí refinó el arte de la esquizofrenia vocal. Pero el cine le exigía una presencia física que todavía no controlaba del todo. Todo cambió cuando se puso a las órdenes de Alexander Mackendrick en El quinteto de la muerte en 1955. Aquel papel de delincuente flaco y nervioso le abrió las puertas de los grandes estudios.
Y entonces llegó la obsesión por el detalle. Porque Sellers no actuaba sino que se transformaba hasta resultar irreconocible para sus propios compañeros de reparto.
El inspector Clouseau nació por puro rebote en 1963. Peter Ustinov rechazó el papel principal y Sellers entró a última hora para rodar La pantera rosa. Cobró una miseria comparado con sus contratos posteriores pero se hizo con el control absoluto de la comedia física en Europa. Y lo hizo sin apenas pestañear.
Blake Edwards, el director, acabó odiándolo profundamente. Se comunicaban mediante notas para no pegarse en el plató. Pero el dinero mandaba y la franquicia se estiró durante años a pesar de que el actor despreciaba al personaje.
Stanley Kubrick lo llevó al límite en 1964. En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú interpretó tres papeles distintos porque el estudio no confiaba en la película si él no aparecía en pantalla de forma constante. El rodaje fue un infierno de improvisaciones y ataques de ansiedad. Sellers exigió que le pagaran un millón de dólares por aquel trabajo extenuante.
Fue su cima creativa y el inicio de su declive físico.
Su vida privada era un desguace de matrimonios fallidos y obsesiones tecnológicas compulsivas. Compraba coches de lujo y los vendía a la semana siguiente por puro aburrimiento. En 1964 sufrió ocho paros cardíacos en un solo día tras consumir nitrito de amilo. Sobrevivió de milagro pero su corazón quedó sentenciado para siempre.
Pero su gran obsesión profesional fue Bienvenido, Mr. Chance. Tardó casi una década en convencer a los productores para adaptar la novela de Jerzy Kosinski. En 1979 interpretó a Chance con una contención gélida que nadie esperaba de un cómico acostumbrado al ruido.
Aquella película le valió una nominación al Oscar que no ganó. Muchos críticos consideran que ese jardinero analfabeto era, en realidad, el verdadero Peter Sellers.
Murió en Londres el 24 de julio de 1980.
Tenía 54 años y pesaba apenas 60 kilos. Su última voluntad técnica fue que durante su funeral sonara In the Mood de Glenn Miller porque detestaba esa melodía y quería incomodar a los asistentes por última vez.
Cosas que posiblemente no sabías de Peter Sellers




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