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Ray Bolger tenía la cara llena de surcos profundos cuando cumplió los ochenta. Aquellas arrugas no eran solo vejez. Eran el rastro de la máscara de látex que llevó pegada durante el rodaje de El mago de Oz en 1939.
El pegamento y el calor de los focos de Technicolor le dejaron marcas permanentes alrededor de la boca y la barbilla. Pero a él no parecía importarle demasiado. Había nacido para moverse y el cine era simplemente un soporte más para su elasticidad imposible.
Sus piernas parecían de goma.
Empezó vendiendo aspiradoras y trabajando en un banco de Boston. Pero duró poco porque se pasaba el día ensayando pasos de baile en los pasillos de la entidad. En 1922 decidió que el vodevil pagaba mejor las facturas si uno sabía cómo doblar las rodillas de forma antinatural.
Su estilo era puro control físico disfrazado de torpeza. Se hacía llamar Old Rubber Legs y no era una exageración publicitaria. En aquellos escenarios de los años veinte aprendió que el humor entraba mejor si el cuerpo acompañaba al chiste de forma agresiva.
Llegó a Broadway en 1926 y el público alucinó con su capacidad para desafiar la gravedad. Firmó un contrato con MGM en 1936 que le garantizaba tres mil dólares semanales. Era una fortuna para un tipo que solo quería saltar sobre un escenario de madera.
Cuando la productora le ofreció el papel del Hombre de Hojalata Bolger montó en cólera. Él sabía que su cuerpo estaba hecho para el Espantapájaros. Convenció a Buddy Ebsen para intercambiar los personajes y el resto es historia de la industria del cine estadounidense.
El rodaje fue un suplicio físico constante. La máscara le impedía comer con normalidad y solo podía ingerir líquidos a través de una pajita durante los descansos. Pasaba más de doce horas diarias bajo un maquillaje asfixiante que le irritaba la piel de forma salvaje.
Y lo hizo con una sonrisa.
Después del éxito de 1939 muchos pensaron que su carrera se estancaría en el camino de baldosas amarillas. Pero Bolger regresó a las tablas con una fuerza renovada. En 1948 protagonizó el musical Where’s Charley? y ganó un premio Tony por su interpretación principal.
Allí popularizó la canción Once in Love with Amy. Se dice que en las funciones obligaba al público a cantar con él hasta que la energía del teatro explotaba por completo. Era un animal de directo que necesitaba el sudor y el aplauso para sentirse vivo.
Durante los años sesenta y setenta se refugió en la televisión. Apareció en series como The Partridge Family o The Jean Arthur Show. Ya no saltaba como antes pero mantenía esa mirada pícara que lo hacía parecer un niño atrapado en el cuerpo de un jubilado de Boston.
En 1985 participó en el documental That’s Dancing! para recordar sus mejores tiempos de gloria física. Fue una de sus últimas apariciones relevantes ante las cámaras antes de que la salud empezara a fallarle de manera definitiva.
Murió en Los Ángeles el 15 de enero de 1987 debido a un cáncer de vejiga. Tenía 82 años y era el último superviviente del reparto principal de la película de 1939. Su patrimonio al morir superaba el millón de dólares pero su legado real quedó impreso en las cicatrices de su rostro.
Cosas que posiblemente no sabías de Ray Bolger




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